martes, 16 de junio de 2009

Economía y educación, dos temas candentes.


Un disparo en un pie
por José Ramón Valente

¡Qué duda cabe! El tipo de cambio o, como le decimos en jerga común, “el dólar” es uno de los indicadores económicos de mayor interés para las empresas, los consumidores y los inversionistas chilenos. Es que Chile tiene una economía que se relaciona con otros países por donde se la mire. La gente compra bienes importados, cuyo precio sube o baja dependiendo del dólar; miles de empresarios exportan y les pagan en dólares, y los que no lo hacen compiten contra los productos que vienen del exterior con precios definidos en dólares. Por su parte, los inversionistas grandes, como las AFP, se ven obligados a invertir parte de los ahorros de los chilenos fuera del país en instrumentos denominados en dólares y otras monedas, debido a que el tamaño de nuestro mercado de capitales es demasiado pequeño en relación con el tamaño de los ahorros que manejan las AFP. Mientras que quienes tienen ahorros de menor magnitud, y que podrían buscar alternativas exclusivamente locales, tienen que ceder indefectiblemente a la realidad de que los precios de las acciones y los bonos en Chile también se mueven al ritmo de lo que pasa en los mercados internacionales y el dólar.


Para bien de sus habitantes, Chile se ha convertido en un país que produce mucho de pocas cosas que se las vende a muchas naciones, y, al mismo tiempo, compra poco de muchas cosas provenientes de diversos países. Eso se llama especialización y es uno de los mayores beneficios de la integración comercial y financiera que acometió Chile en los últimos treinta y cinco años. Imagínese que tuviéramos que usar en nuestro país todo el cobre que producimos o comernos todas las uvas y tomarnos todo el vino que cosechamos. E imagínese que tuviéramos que producir localmente los autos, los televisores y los zapatos que compramos. Chile sería un país raro; tendríamos platos y cubiertos de cobre, andaríamos todos los días borrachos, todavía veríamos televisión en blanco y negro y usaríamos zapatillas Bata Tigre negras para jugar baby fútbol. La apertura comercial y financiera ha traído grandes beneficios a los chilenos, pero junto con ellos ha traído también un gran dolor de cabeza, los altibajos del dólar.

En las últimas semanas, varios economistas —entre ellos Juan Andrés Fontaine y Aldo Lema— han llamado la atención respecto de cómo las autoridades económicas, especialmente las del Ministerio de Hacienda, han pasado un poco por alto los efectos que sus políticas han tenido y están teniendo sobre el dólar. En particular, ellos han mencionado que el acelerado aumento del gasto público y sus formas de financiamiento han contribuido a deprimir el valor del tipo de cambio. A la luz de la importancia que tiene el “dólar” para la economía nacional, esa parecería ser una omisión inaceptable.


No sólo estoy de acuerdo con lo afirmado por Fontaine y Lema, sino que quiero agregar un tema adicional a la misma discusión. Esto es la alta variabilidad que ha exhibido el tipo de cambio en los últimos años. De hecho, ésta se ha triplicado en los últimos treinta y seis meses. Fontaine argumenta que Chile requiere un tipo de cambio suficientemente alto como para hacer que nuestras exportaciones sean competitivas en los mercados mundiales. Lema plantea que, a causa del excesivo incremento del gasto público, el tipo de cambio podría estar hoy cerca de $ 40 por debajo de lo que sería su nivel en condiciones normales. En mi opinión, el aumento de los vaivenes de la cotización del dólar y la amplitud de los mismos están muy probablemente afectando negativamente las decisiones de consumo e inversión de las personas y las empresas chilenas, respectivamente. Y poniendo en riesgo una reactivación duradera de la actividad económica. Sólo en el último año, el tipo de cambio ha estado en $ 430 , luego escaló hasta los $ 670, únicamente para caer de nuevo a los $ 560. Imagínese que su sueldo fuese el tipo de cambio y en vez de $ 560 estuviésemos hablando de $ 560.000 mil. ¡Cuán cauteloso estaría Ud. con sus decisiones de gasto futuro, pensando que eventualmente su sueldo puede volver a los $ 430.000 en los próximos meses. Bueno, lo mismo ocurre con las empresas chilenas, que enfrentadas a los altos vaivenes del dólar, probablemente están inhibiéndose de realizar parte de los proyectos de inversión que tienen en carpeta.


Uno de las principales razones que han esgrimido tanto el ministro de Hacienda como el presidente del Banco Central para afirmar que Chile va a salir más rápidamente de esta crisis económica que de otras anteriores, como la crisis asiática, ha sido que, en esta oportunidad, a diferencia de las anteriores, la existencia de un sistema de tipo de cambio libre ha permitido un rápido ajuste hacia el alza del dólar. A la luz de la alta volatilidad exhibida por el tipo de cambio en el último año y la caída de más de $ 100 que ha tenido en los meses recientes, inducida en parte por las políticas impulsadas por el Ministerio de Hacienda, parecería que en lo que a políticas a favor de la reactivación se refiere, corremos el riesgo de estar disparándonos en un pie.



Todo mal en educación
por Cristina Bitar

Tuve la suerte de estudiar en varios países, entre ellos Estados Unidos, donde cursé el pregrado. Esa experiencia me marcó profundamente y, sin considerarme para nada una especialista en educación, a partir de tales vivencias tengo una opinión extremadamente crítica de lo que ha ocurrido en nuestro país en las últimas semanas en los más variados niveles e instituciones educacionales.


La educación es un proceso de formación integral, en el que los conocimientos son sólo una parte —muchas veces ni siquiera la más importante— que van acompañados de la entrega de los valores y la disciplina que hacen realmente a un profesional. La mayor parte de los conocimientos que una persona adquiere a lo largo de su vida como estudiante se terminan olvidando, porque finalmente las personas utilizan sólo una parte muy pequeña, aquella que corresponde a su ejercicio diario. Pero lo que nunca se pierde es el rigor adquirido en los años de estudio, la capacidad de trabajar en equipo, las habilidades para seguir aprendiendo a lo largo de la vida, la honestidad intelectual para valorar los argumentos de otros y cuestionar los propios.


Si uno mira la experiencia de las mejores universidades del mundo, ve que en ellas se trabaja muy duro, las bibliotecas están llenas de alumnos cualquier domingo a las diez u once de la noche, la competencia por ser el mejor es feroz y los estudiantes adquieren una capacidad crítica que está muy lejos de la formación chilena. La diferencia se aprecia desde el nivel preescolar. En pocas palabras, los países desarrollados y asiáticos, que nos superan ampliamente en la formación de sus jóvenes, nos sacan una ventaja tremenda en tres ámbitos fundamentales del proceso educativo: planes de estudio, metodología docente y hábitos de trabajo, tanto de alumnos como de profesores.


En este sentido, el espectáculo que hemos visto en las últimas semanas es deprimente. Los profesores secundarios actúan como un gremio cuya primera —y a ratos parece que única— preocupación, son garantías laborales propias de otra época. Añoran volver a ser funcionarios públicos del Estado central y reforzar aun más su estatuto docente. Nunca los he escuchado hablar de su preocupación por educar bien a sus alumnos.

Los estudiantes de los colegios públicos actúan por la fuerza, pretenden un nivel de participación en las decisiones esenciales del proceso educativo que no pueden imponer con actos irresponsables: se toman colegios y los destruyen. Reclaman contra la ley de educación y contra la municipalización. Y todo indica que no entienden ni una ni otra.


Lo más grave es que, salvo algún alcalde —vaya mi reconocimiento a Pablo Zalaquett—, nadie le pone el cascabel al gato. El Gobierno mira para el lado, no se aplican sanciones, no se ejerce la autoridad y no se reivindica su valor en el proceso educativo. Parece ser que la única preocupación es la popularidad a cualquier costo.


Muchas veces he destacado en estas líneas a la Presidenta Bachelet, sus condiciones humanas y criterio para gobernar, pero en este caso pienso sinceramente que está en deuda. ¿Hasta cuándo dejamos que los niños de los sectores más débiles, que son los que estudian en la educación pública, se farreen su oportunidad y arruinen su vida? ¿Hasta cuándo dejamos que no cumplan con sus deberes y sólo exijan sus supuestos “derechos”? ¿Hasta cuándo nos rendimos a cualquier exigencia de profesores y alumnos que paralizan el proceso educativo?


Como dije al comienzo, no soy experta en educación, pero tengo claro que nada de lo que pasa en Chile en esta materia es lo que hacen los países exitosos en materia educacional. Lo único claro es que, mientras se paraliza la educación pública, los niños de los colegios particulares estudian y trabajan. Por ende, podemos esperar entonces que la brecha entre alumnos de colegios particulares y públicos se agrande, mientras casi nadie hace nada para corregirlo. No basta con bonitos discursos y buenas intenciones. Es hora de actuar con determinación y tomar decisiones que, aunque dolorosas y poco populares, son necesarias para sacar la educación adelante. Por ahora, todo mal en la educación.

lunes, 15 de junio de 2009

Bolivia: ¿Qué puede ser la "hora de la verdad"?



Bolivia: ¿Qué puede ser la "hora de la verdad"?,
por Ernesto Videla Cifuentes

Hace ya cuatro meses entró en vigencia la nueva Constitución de Bolivia, la que contiene, como se sabe, disposiciones potencialmente agraviantes para Chile y para la intangibilidad de los tratados. En ella, en efecto, el estado altiplánico declaró "su derecho irrenunciable e imprescriptible sobre el territorio que le dé acceso al Océano Pacífico y su espacio marítimo" (art. 267), afirmando igualmente que el ejercicio pleno de la soberanía sobre dicho territorio constituye un objetivo irrenunciable.

No es ésta una mera declaración de intenciones, ya que el art. 9 transitorio del mismo texto estableció a la letra que "en el plazo de cuatro años desde la selección del nuevo Órgano Ejecutivo, éste denunciará y, en su caso, renegociará los tratados internacionales que sean contrarios a la Constitución". Por mucho que Bolivia pretenda alcanzar sus aspiraciones por medios pacíficos, es obvio que nuestro vecino busca una reivindicación territorial a costa nuestra y anuncia implícitamente que renegociará o denunciará el tratado de límites de 1904.

Estoy cierto, desde luego, que nuestra Cancillería debe haber representado diplomáticamente a Bolivia la gravedad de esta acción, pero pasado este lapso prudencial, urge conocer su respuesta a Chile en términos tan públicos como aquello que dio origen a nuestro rechazo.

Sin embargo, estas líneas tienen un motivo adicional: no es sano seguir transitando por la sistemática ambigüedad que caracteriza el lenguaje oficial en torno a la relación con Bolivia. En la práctica, muchos hechos auspiciosos -acuerdo del Silala; cooperación fronteriza; intercambios de diversa naturaleza; gestos amistosos de instituciones nacionales como las FF.AA.- reflejan un giro positivo. Pero nada de ello sembrará una relación sólida de futuro, como a la que debemos aspirar, si se mantiene la confusión sobre un aspecto que es medular para Bolivia y que Chile no está en condiciones de satisfacer. Veamos sucintamente algunos hechos.

1) En la Asamblea General de la OEA, el canciller boliviano Choquehuanca destacó el mejoramiento de las relaciones con Chile. Desarrollada satisfactoriamente, dijo, la construcción de la confianza mutua, estábamos acercándonos a "la hora de la verdad" en el anhelo de su país de obtener una salida al océano Pacífico. Esto debía traducirse "en soluciones reales". Y en un evidente mensaje a Perú, Choquehuanca advirtió que "ningún factor externo o actuación de terceros" podría obstaculizar este empeño. El canciller chileno, en tanto, destacó los avances entre ambos países -que carecen de relaciones diplomáticas desde 1978- y calificó los vínculos de excelentes.

2) Luego, Evo Morales afirmó que el Presidente peruano, Alan García, se oponía a que su país tuviera un corredor a lo largo de la frontera entre Perú y Chile, y que la demanda que había presentado a La Haya era para "bloquear la aspiración boliviana". También Evo sostuvo que la inclusión del punto 6 en la agenda convenida con la Presidenta Bachelet significaba que nuestro país había aceptado la existencia de "un problema todavía no resuelto, el del mar". Y agregó: "La aspiración del pueblo boliviano es con soberanía".

¿Qué es exactamente la "hora de la verdad" que se acerca, según el gobierno boliviano?
Al asistir el ex Presidente Lagos a la asunción del mando de Morales en La Paz (origen de la nueva etapa con Chile según éste), el mandatario chileno sostuvo que para superar el pasado no se podían tocar los acuerdos históricos vigentes y que la "mirada abierta" que preconizaba Bolivia pasaba "por nuevos acuerdos, no revisar los antiguos". Sin embargo, Morales interpretó la "agenda sin exclusiones" como una manera realista de "resolver los temas que vienen del pasado", lo cual permitiría "saldar y reparar" lo que consideró una "deuda" chilena. Como se observa, son visiones muy distintas, pero con capacidad de crear falsas expectativas. Las diferencias territoriales con Bolivia fueron zanjadas libremente a través del Tratado de Paz y Amistad de 1904 y los compromisos asumidos por nuestro país han sido celosamente cumplidos.
Más tarde, la Presidenta Bachelet y el canciller han dicho que los tratados no se modifican por voluntad de una de las partes. El canciller destacó que fortalecer las relaciones con Bolivia a través de un diálogo sin exclusiones conllevaba "el perfeccionamiento" de su acceso al mar, "de acuerdo a los tratados vigentes". Al efecto, agregó que había que darle todas las facilidades que aún faltaran, pero para ello se requería decir con igual claridad que no habría reivindicación territorial en los territorios que los bolivianos consideran perdidos en la guerra de 1879.

El contencioso levantado por Perú en La Haya dejó en evidencia su voluntad de conservar la vecindad con Chile y lo mismo fue directamente expuesto ya en mayo de 1986, cuando Lima afirmó que el estrechamiento de relaciones con Chile "que la vecindad impone y fue la meta del Tratado de 1929", debía complementarse con la solución de problemas que derivaban de nuevas realidades (una de ellas era "la delimitación formal y definitiva de los espacios marinos).

Nuestro país no puede satisfacer una demanda reivindicacionista boliviana (fuera de la fórmula del trueque territorial y corredor), porque la definición de límites ha sido factor fundamental en el mantenimiento de la paz, y también porque mañana con igual derecho podríamos vernos sometidos a la misma pretensión peruana. Para reivindicar territorios como lo pretende Bolivia no hay soluciones "modernas", "imaginativas" ni "novedosas", sino otorgar con generosidad todas las facilidades posibles a Bolivia para que se conecte de la manera más libre y expedita con el mar, lo cual sí es un anhelo de todos los chilenos.

sábado, 13 de junio de 2009

¿Topamos fondo? , por Juan Andrés Fontaine.


¿Topamos fondo?,
por Juan Andrés Fontaine.

La última cosecha de estadísticas macroeconómicas cayó como balde agua fría. La actividad económica fue en mayo 4,6% inferior a la del año pasado y 0,7% menor que en abril. Hubo pronunciadas disminuciones en el sector manufacturero, así como en la construcción y el comercio. Aniquilada por la contracción de las ventas, la inflación de mayo fue nuevamente negativa, como lo ha sido en seis de los últimos siete meses, abriendo la inquietante posibilidad de una deflación. Todo esto echa por tierra la historia oficial acerca de que la economía nacional ya habría topado fondo y estaría adelantándose a la recuperación mundial. Pero es cierto que, bien conducido, Chile puede prontamente dejar atrás la recesión.



El panorama mundial se está componiendo. Las condiciones externas pertinentes para Chile, que esta vez nunca fueron tan desfavorables como en las pasadas recesiones de 1982 y 1999, se han tornado auspiciosas. El cobre vuelve a transarse sobre los dos dólares por libra. El costo del crédito externo se mantiene en el suelo. Sólo el alza reciente de los combustibles es un factor perjudicial.



Definitivamente, esto no fue la Gran Depresión, como justificadamente se temió tras los desaciertos de Estados Unidos en el manejo de su crisis bancaria. A fines del año pasado ellos desataron una suerte de crisis de pánico que se sintió hasta en los más apartados confines del planeta. El comercio exterior e interior sufrió algo así como un espasmo, contracción muscular por movimiento reflejo, ocasionada por el pavor ante la falta de crédito. A lo ancho y largo del mundo, la actividad industrial se vino abajo.



La buena noticia es que el pánico ha quedado atrás. Los mercados financieros están volviendo a la normalidad. Algo aprendimos de cómo manejar las crisis financieras en los últimos ochenta años y por eso la primera recesión mundial del siglo XXI, aunque con la alarmante velocidad y simultaneidad que permite la tecnología actual, ha estado muy lejos de causar los estragos que dejó la Gran Depresión. Los bancos centrales reaccionaron bien, rebajando los intereses y proporcionando abundante liquidez. Los gobiernos de Estados Unidos y otros países —aunque con vacilaciones y equivocaciones— se resolvieron finalmente a apoyar a las instituciones financieras en aprietos para evitar males mayores. Lo más importante de todo es que, a diferencia de lo ocurrido con la crisis de los años treinta, ahora no se ha perdido el norte: los gobiernos han prestado oídos sordos a quienes en todo el mundo —también en Chile— predican la revancha estatista, han mantenido su adhesión a la economía de mercado y al libre comercio, han restringido la intervención estatal sólo a acciones de emergencia y apoyado la iniciativa privada con masivas rebajas de impuestos.



Como sugiere el reciente éxito electoral de la centroderecha en Europa, ante las serias dificultades presentes, lo que la ciudadanía pide es una conducción competente y no el regreso del estatismo estéril.



Aunque en el mundo desarrollado tomará tiempo reparar los daños financieros y fiscales que ha dejado la crisis, ya superado el pánico, las economías emergentes han comenzado a recuperarse. Los colosos de China e India están de nuevo en marcha. Los últimos datos industriales revelan un repunte en Corea y Taiwán. América Latina ha sido duramente golpeada, pero ya Brasil muestra una incipiente mejoría. Desde luego, el camino por delante no está exento de incertidumbre.



Todavía hay serios problemas financieros pendientes en Estados Unidos y Europa, los cuales, bien lo sabemos, pueden darnos otra sorpresa desagradable. La economía mundial probablemente no volverá a exhibir el dinamismo de los últimos años sino en mucho tiempo más, pero la Gran Recesión del 2009 comienza ya a pasar a la historia.



Por eso, los últimos datos de la economía chilena son descorazonadores. Chile no sólo no se está adelantando a la reactivación mundial, sino que se está quedando atrás respecto de la recuperación de las economías emergentes. Es posible que sea tan sólo un retraso, pero, así como nos ocurrió con la crisis asiática, el término de la bonanza mundial nos ha hecho perder la fe en nuestra capacidad de crecimiento. Con el estallido de la crisis, las expectativas de consumidores y los empresarios sufrieron un fuerte impacto. Aunque hay indicios de que el pesimismo está retrocediendo, para que realmente nos pongamos de nuevo en marcha hace falta una política económica jugada por el crecimiento económico.



Hasta ahora, la estrategia oficial ha descansado principalmente en el gasto público.


El presupuesto fiscal se estima aumentará 11% real este año y el primer cuatrimestre ya se ha elevado el 19% real sobre un año atrás. Desde luego, hay positivos incrementos en las ayudas a los más necesitados, subsidios de vivienda y proyectos de infraestructura, pero el torrente de gasto fiscal es a todas luces excesivo. Sus efectos reactivadores tardan mucho en hacerse sentir.



Su financiamiento provoca una inconveniente caída en el dólar y alza en los intereses de largo plazo. El masivo dispendio fiscal suele ser propicio a la ineficiencia, el derroche, el favoritismo político y la corrupción. Es el instrumento favorito de los políticos —los altos índices de popularidad del gobierno sugieren que tal vez estén en lo cierto—, pero si esta “influenza keynesiana” no es controlada a tiempo, retardará innecesariamente nuestro retorno a la carrera del crecimiento.



La estrategia debe ser diferente. El crecimiento debe provenir de la inversión y las exportaciones, apoyadas por una política monetaria que por ahora mantenga intereses bajos y un tipo de cambio competitivo. En lo fiscal, la primera preocupación debió haber sido la situación crediticia de la pequeña y mediana empresa, responsable del 80% de los empleos. Las medidas gubernamentales adoptadas, aunque positivas, son insuficientes.


La segunda preocupación debió haber sido estimular la recontratación de los desempleados mediante estímulos tributarios al empleo y a la inversión, que no es sino la creación de fuentes de trabajo. También se han aplicado medidas en este campo, pero hace falta más, aunque el espacio presupuestario disponible ya ha sido consumido y será necesario efectuar ahorros recortando desembolsos superfluos. La nueva estrategia exigirá también retomar las reformas estructurales para elevar la productividad del sector público, cuyas ineficiencias gravitan negativamente sobre nuestro potencial de crecimiento.

miércoles, 10 de junio de 2009

La otra crisis, por Gonzalo Vial.


La otra crisis
De la crisis económica —dicen nuestros analistas (famosos, es sabido, por su clarividencia)— saldremos. Puede que nos repongamos de ella «en V» (es decir, tan rápido como caímos), sino «en U» (más lento) o «en L» (arrastradamente)… pero saldremos. Yo les creo, porque todos los países salen de las crisis, y no hemos sido la excepción, ni el año 31, ni el 82, ni el 97.

Pero de la OTRA crisis, no damos señales de librarnos. Me refiero a la CRISIS SOCIAL… la desintegración de las bases de convivencia de la sociedad chilena, sobre todo de las populares. La manifiestan distintos fenómenos, estadísticamente documentados, v.gr.:
1. La baja de la natalidad hasta términos que amenazan reducir, en cifras absolutas, nuestra ya pequeña población; 2. La disminución del número de matrimonios; 3. El aumento experimentado por los hijos nacidos fuera de matrimonio y, dentro de éstos, la alta proporción de hijos de adolescentes; 4. El crecimiento numérico de las mujeres «jefas de familia»… vale decir, madres abandonadas. Y confirman esa desintegración otros muchos datos menos cuantificables, o todavía no muy precisos, pero cuyo conjunto es inequívoco: el auge en la juventud —auge que indica abandono familiar— del alcohol, la droga, la pornografía, el sexo prematuro, el delito, la promiscuidad, la violencia hogareña y escolar. Agréguense las cifras de divorcios, juicios (ineficaces) de alimentos, femicidios, explotación sexual y laboral de mujeres y niños —que la Organización Mundial de la Salud nos reprocha severamente—, y veremos confirmada la «otra crisis», la social.

De ella apenas se habla, mientras la económica está en boca de todo el mundo, siendo ésta pasajera y de menor nocividad real para el país. ¿Por qué semejante silencio? ¿Por qué tanta ceguera?

Porque nos ha cogido el progresismo posmoderno, con su moral cruda y primitiva, de «haz lo que quieras», disfrazada de respeto por la diversidad y las decisiones individuales.

Para mantener esa postura en medio del terremoto social, se recurre —algunas veces inconscientemente, es probable— a diversos mecanismos que lo disimulen y «maquillen», de modo que PAREZCA menor o, aun, PAREZCA que no existe. Estos mecanismos no arreglan nada, pero permiten que los privilegiados sigamos viviendo en nuestro mundo de Bilz y Pap, hasta que la Historia nos pase definitivamente la cuenta.

Los mecanismos de autoengaño pueden dividirse en tres grupos:

Primero, sostener que se trata de simples «cambios sociales»

Ejemplo típico: que el «emparejamiento» es una institución similar al matrimonio y de similar eficacia .

Esto podrá ser cierto en casos aislados, generalmente del sector alto o medio. Pero no es efectivo entre los pobres. La «pareja» no es una institución ni siquiera medianamente estable. Ni implica asumir responsabilidades. Se trata, al revés, de que no las lleve consigo y quepa romperla en cualquier momento, y de facilitar que uno de los «emparejados» —por lo general el hombre— evada sus deberes de mantención respecto de los hijos comunes. El «hogar» de la pareja suele incluir a la madre, hijos suyos de diversos padres, y el hombre «de turno», cuyas relaciones con los niños son tensas, si no violentas, y pueden tener, además, otros y más oscuros caracteres.

Equiparar «pareja» y «matrimonio» es una construcción teórica de la ideología posmoderna, sin asidero real.

Segundo mecanismo: Esconder o menospreciar los problemas

A) El caso más claro es el de la extrema pobreza, a la cual se le quitó de repente el adjetivo «extrema» para hacerla menos alarmante.

Es un dogma chileno, una afirmación reiterativa, solemne y juzgada irrefutable, que la pobreza ha ido disminuyendo desde el siglo pasado en forma muy satisfactoria. Para ello: a) Se toma como punto de partida la existente el año 1987 cuando recién emergíamos de la devastadora crisis de 1982. Es igual que si mañana, concluida la actual emergencia, nos felicitáramos por la disminución de la cesantía, desde el elevadísimo porcentaje de 2009, a los de 2008 o 2007… menores pero también inaceptables. b) Se continúa midiendo la pobreza según los precios de una «canasta» de productos enteramente obsoleta, irreal respecto de su composición. ¡Data de la época de Pinochet! Es el último «enclave autoritario», mas no parece haber apuro en modificarlo.

De todos modos, incluso con esta medición discutible, es un hecho que el año 2006 (fecha de la más reciente encuesta CASEN) existían en Chile 2 millones de pobres extremos… los mismos que el año 1970. Se nos dirá que EL PORCENTAJE era menor en 2006, pero cualquiera de esos dos millones de pobres podía responder, dicho año, que A EL la baja del tanto por ciento no lo favorecía ni le importaba nada.

B) Recién se ha publicado el Octavo Estudio de CONACE sobre consumo de drogas ilícitas en Chile. Corresponde al año 2008.

Consumo que dicho año se habría mantenido «estable», según CONACE y los entendidos consultados por la prensa. Sin embargo:

-El consumo de marihuana de los jóvenes entre los 12 y los 18 años creció de un 7,4 % a un 9,1 %, desde 2006.

-El consumo de cocaína de los mismos jóvenes entre iguales fechas creció de un 0,7 a un 1 %.

Aumentar no es lo mismo que mantenerse. Crecer poco el consumo de drogas ilícitas es mejor que crecer mucho, pero tampoco es bueno. Los malabarismos con las palabras son consoladores, mas no remedian la crisis social.

Tercer mecanismo: Magnificar los pocos y pequeños datos favorables

Hay dos casos recientes.

A) El SIMCE 2008. Como vimos en la columna del 26 de mayo, se ha hecho gran caudal de que el puntaje de la prueba de Lenguaje y Comunicación, 4º básico, subiera de 2007 a 2008 como promedio nacional de 254 a 260… seis puntos.

“¡Felicitaciones!” —trompeteaba el Portal EducarChile, añadiendo reinar un «clima de satisfacción».

Indicamos, entonces, lo exagerado de estas fanfarrias… la modestísima significación de 260 puntos, y que el «avance» era nulo en las demás pruebas del SIMCE 2008, tanto para 4º básico como para 2º medio. Añadamos que el «promedio nacional» de 260 puntos no es el de las escuelas municipales, que sólo llega a 247… pobrísimo.
Ilusionar sobre una educación pública brutal y largamente estancada sirve, únicamente, para dormir tranquilos sobre el volcán en ebullición.

B) «Alza de la natalidad». El número de nuestros nacimientos anuales llegó a su nadir histórico en 2004 (240.011). De allí ha ido subiendo lentamente hasta 2008 (257.840). La cifra de 2004 significaba 1,9 hijos por mujer, inferior a la necesaria (2,1 hijos por mujer) para reponer la población total y que ésta no bajara en términos absolutos. La cifra de 2008 todavía no indica que hayamos superado dicho peligro.

Pero el PRIMER TRIMESTRE DE 2009 el número de nacimientos fue récord (67.071). Ha bastado esto, un trimestre de cuatro, para que un coro de voces jubilosas proclame el final del problema de la baja natalidad en Chile.

¿No sería prudente esperar la cifra del año?

Más delirantes son las razones que se esgrimen para explicar el aumento trimestral. La vicepresidenta de la Junta Nacional de Jardines Infantiles lo atribuye a que los programas sociales del Gobierno “entregan
certeza a los chilenos de que su situación y su porvenir no están desvalidos”. Menciona entre dichos programas “el aumento significativo de las becas para la educación superior”. ¿Estaré soñando?

¿Una mujer chilena, en 2008, habrá decidido tener un hijo porque, más o menos en 2027, el niño tendrá mayor opción a una beca para su educación superior? (El Mercurio, 31 de mayo y 2 de junio).

El triunfalismo alrededor de los 67.071 nacidos del trimestre oscurece otros datos significativos de los mismos (El Mercurio, 31 de mayo):

-El 66% nació fuera de matrimonio.

-El 22% no tuvo reconocimiento de ambos padres.

Un futuro feliz.

Resumiendo: el primer paso para enfrentar el terremoto social que vivimos, pero no percibimos, es conocer su realidad… no cerrar los ojos ante ella.

martes, 9 de junio de 2009

Deberes y derechos: Más allá de la sala del directorio
por Alejandro Ferreiro

“Los asuntos relativos al gobierno de las empresas se resuelven en la sala del directorio y no en la de los tribunales”. Así podríamos resumir el sentido de la regla aplicada consistentemente por la Corte de Delaware en Estados Unidos, estado cuya jurisprudencia es determinante en la resolución de conflictos sobre gobierno corporativo en Estados Unidos. Las cortes se abstienen de cuestionar las decisiones de los directores, salvo que se acredite fraude, vulneración a la ley o conflictos de interés mal resueltos. En caso contrario, y de haber buena fe, las decisiones de los directores no serán revisadas en juicio.

Esta regla de abstención judicial, o “regla de juicio de negocios” protege las decisiones adoptadas por el directorio en la medida que ellas sean la consecuencia de una deliberación debidamente informada. Las cortes no miran el resultado de la deliberación, pero exigen que ella haya existido. Y la deliberación tiene requisitos: planteamiento del asunto, acceso a la información necesaria y análisis. Decisiones importantes adoptadas sobre la marcha, sin haber demostrado una mínima diligencia en el análisis de las opciones disponibles, o sin contar con la información básica necesaria, no han sido amparadas por este criterio judicial. La Corte defiende las decisiones adoptadas luego de un “debido proceso”, y acreditado este, no cuestionará el fondo de lo resuelto, incluso cuando este parezca irracional o absurdo.

En Chile no existen casos en que los tribunales hayan debido resolver asuntos en que los directores hayan sido acusados de faltar al deber de cuidado que la ley impone. Cuando ello ocurra, sin embargo, no sería extraño —más bien deseable— que las cortes chilenas siguieran la sabia orientación de Delaware. Ella, como hemos visto, si bien protege a los directores, también les exige una mínima diligencia deliberativa que, dados los acontecimientos recientes, conviene examinar.

Desde luego, las decisiones se deben adoptar por el directorio y en el directorio. En segundo término, la decisión debe resultar de una deliberación informada. Debe haber un “juicio” colectivo adoptado previa revisión de la información necesaria. Si bien la cuestión suele ser jabonosa —el alcance de lo que se entiende por información necesaria puede extenderse casi ilimitadamente—, los directores deberán demostrar que accedieron a la misma información que habrían considerado necesaria para resolver cuestiones relativas a sus propios negocios.

¿Y qué pasa si la información que se considera necesaria no está puesta arriba de la mesa? ¿Bastaría ello para excusar a los directores que tomen decisiones sin ella? No. La ley chilena señala expresamente que los directores tienen el derecho a ser informados por el gerente general, en forma plena y documentada, de todo lo relacionado con la marcha de la empresa. Este derecho existe para ejercerlo. Y mientras no conste que al director se le negó la información solicitada —de lo que puede siempre dejar constancia en actas—, quedará expuesto al reproche de haber resuelto materias sin el debido cuidado que la ley exige.

¿Cuál es el límite correcto entre la regulación y la autorregulación? ¿Hasta dónde puede razonablemente la ley -con sus certezas, pero también con su rigidez- definir el campo de lo permitido, prohibido y obligado en temas tan complejos y dinámicos como, por ejemplo, el gobierno de las empresas y los mercados financieros? La cuestión no es nada simple y suele tratarse pendularmente. Luego de fallas y escándalos, los ojos y esperanzas se ponen en una regulación más exigente. A poco andar, y cuando esta comience a exhibir señales de pesadez u obsolescencia, los promotores de la eficiencia postularán la necesidad de desregular. Y de esa desregulación se aprovecharán algunos para generar los desequilibrios y escándalos que darán origen a un nuevo ciclo regulatorio.

La regulación nace allí donde previamente falló la autorregulación. Pero esas fallas casi siempre pudieron evitarse si en vez de pura desregulación se hubiese instalado una razonable autorregulación. La autorregulación que efectivamente concilia el interés público con el dinamismo privado es necesariamente exigente, e impone disciplina y transparencia. Evoluciona con rapidez y consistencia, evitando incertidumbres mayores. Y no teme a desnudar las fallas de sus pares, ni a aplicar sanciones severas cuando sea necesario.

Así como no puede en EE.UU. invocarse la regla del “juicio de negocios” si no se ha cumplido con elementos básicos de un debido proceso deliberativo en la sala del directorio, no podrá en Chile invocarse la autorregulación como alternativa o complemento a la regulación estatal si no se adoptan en serio las prácticas y disciplinas que la hagan eficaz y creíble. No basta con pedir deferencia... es preciso merecerla.




lunes, 8 de junio de 2009

Un secreto a voces.


Un secreto a voces.



Cada campaña electoral nos enfrenta a lo peor de la política. El financiamiento de la actividad electoral es un capítulo que confirma muchas sospechas de tantos ciudadanos.

Ningún miembro de la “corporación” propondrá normas que funcionen como límites que puedan contribuir a la imprescindible transparencia respecto del origen del dinero que financia las campañas políticas, la propaganda electoral y la logística de la elección.

Nuestros políticos modernos son amantes de la regulación, sobre todo aquella que nunca los alcanza como sujetos. Su ámbito no está en tela de juicio, al menos para ellos. No merece, por lo tanto, norma alguna que favorezca la moralización de sus números.

Semejante movilización de recursos, publicidad y despliegue, no se hace sin dinero. De algún lado proviene, y si no se puede mostrar claramente, es por algún motivo suficientemente importante. Tal vez explicarlo pueda ser demasiado comprometido.

En realidad no es tan difícil encontrarle sentido. Esos dineros solo pueden provenir de algunos pocos orígenes posibles. De las arcas públicas o de aportes privados. En el primer caso, apelando invariablemente a procedimientos ilegales, con la necesaria complicidad de una importante cadena de funcionarios que avalan, por acción u omisión, esos ilícitos manejos. Los dineros de los ciudadanos que sostienen con sus impuestos al Estado, no debiera ser objeto de un uso político partidario para favorecer a cierta porción del sistema de ideas. No está bien. No existe atenuante posible.

Cuando los fondos surgen del sector privado, pueden suceder diferentes situaciones. Un caso será aquel en el que no se pueden transparentar esos “aportes” porque ni siquiera están debidamente declarados. Provienen de actividades delictivas o al menos de esos rubros que no blanquean sus ingresos al sistema.

La otra variante, es aquella ligada a la conservación de privilegios actuales o de aquellos interesados en formar parte del club de la prebenda. En esa nómina se enrolan, proveedores del Estado, concesionarios de servicios y amigos del poder. Casi todos ellos, intentando darle soporte al poderoso que pueda darle continuidad a su negocio.

Lo grave no es solo que esto suceda tan “burdamente”, sino que este “secreto a voces” haya sido “normalizado” desde la sociedad. La gente asume con demasiada naturalidad algo que debiera contar, al menos, con una desaprobación moral manifiesta. Todos parecemos saber que los que tienen dinero para hacer campaña son los que están próximos al erario público. Los que gobiernan, desde el ejecutivo municipal, provincial o nacional, e incluso hasta quienes tienen algún acceso a los presupuestos legislativos, dispondrán, seguramente, de fondos para financiar sus aventuras políticas personales. Todos ellos pueden sostener ese juego que los tiene como privilegiados beneficiarios.

Desde la impresión de las boletas hasta los pasacalles, desde los vehículos que trasladan votantes el día de la elección al almuerzo de los fiscales en pleno acto comicial. Todo, absolutamente todo, precisa de ese fondeo. La inmensa mayoría de los candidatos posan de hombres humildes, sin demasiado dinero ni fortunas personales, al menos declaradas. Pues entonces, la sospecha acerca de la procedencia de los fondos se hace más evidente.

La utilización de recursos públicos parece ser avalada tácitamente por la sociedad que ni siquiera aplica castigo moral alguno a los usufructuantes profesionales. No solo el uso del dinero concreto, sino también de esos recursos estatales que implican tener militantes rentados en puestos públicos, e infinidad de costos absorbidos por los votantes como contribuyentes involuntarios, que incluye gastos en telecomunicaciones, viáticos, traslados entre tantos que se podrían enumerar.

Cada centavo del Estado utilizado para las candidaturas esta viciado de inmoralidad. En ese contexto, cuesta entender como alguien que cree que hace lo correcto para alcanzar una meta política, puede francamente brindar soluciones a la sociedad. Si ni siquiera puede transparentar COMO se financia, es difícil creerle cuando se pretende proponer como el paladín de la honestidad.

Esta es una de las tantas contradicciones de la política mediocre de nuestras latitudes. Una ciudadanía timorata, una oposición que silencia estas cuestiones, apelando invariablemente a formas parecidas. Lo hace en el presente, o lo ha hecho en el pasado, o simplemente sabiendo que lo intentará en el futuro.

A eso se suman los sectores del poder económico, los que hacen lobby escondidos detrás de sus privilegios que aspiran a conservar, más aquellos otros que pujan por un espacio en el ámbito de esas preferencias a las que aún no han accedido, pero de las que desearían formar parte.

Ellos no quieren quedar afuera. No sea cosa que sus negocios se vean perjudicados por decisiones gubernamentales, o bien, que algún político decida interrumpir la prebenda a la que accedió gracias a los amigos de turno de estos u otros tiempos.

Sostener concesiones públicas, requiere de una gran versatilidad política, pero fundamentalmente de mantener “financiados” a los políticos que en sus campañas hablarán de todo…….salvo de modificar las concesiones de los mecenas de la campaña.

Los que están fuera del circuito de privilegios, harán lo propio. Conseguirán entrevistas, buscarán amigos y amigos de amigos, de gente vinculada a los que circunstancialmente puedan alcanzar la birome en el futuro, esa que firmará nuevos privilegios, seleccionará proveedores públicos o posibilitará algún negocio en el mediano plazo.

Todos esos, tratarán de sostener al poder. No tiene demasiada relevancia que piensan esos políticos, que proyectos traen consigo, mucho menos aun que pretenden hacer para mejorar la vida cotidiana de los conciudadanos. Importa darle soporte al negocio propio. Aparecer en la nómina de quienes ayudan a pagar la campaña, siempre sumará.

No se trata de una nómina de contribuyentes transparentada a la comunidad. Parte de las reglas de juego supone que es un acuerdo privado, sin papeles, de palabra, un tácito apoyo que no precisa siquiera de un intercambio demasiado explicito. Eso vendrá después. El intercambio de ayudas, el rescate a la “solidaria” contribución, solo será tema de un acuerdo posterior al acto electoral. Será el tiempo de devolver favores.

La política y los intereses sectoriales jamás hablarán en público de este acuerdo. Los políticos dirán que actúan con absoluta independencia de criterio cuando deban tomar decisiones. Los que representan a los intereses sectoriales, se espantarán de la mediocridad, de la corrupción y de la falta de visión de los líderes modernos.

Poder transparentar el financiamiento de la política, mostrar los números que permiten a los partidos su funcionamiento operativo cotidiano, es primordial para recuperar no solo la credibilidad social, sino el norte de la moral en la cosa pública.

No está mal financiar campañas. De hecho, resulta preciso que estas sean soportadas por simpatizantes y afiliados, pero siempre en virtud a la adhesión a las ideas que sostienen.

Lo relevante es poder transparentarlo. No debieran existir motivos para ocultar el origen de los fondos. Si no lo pueden mostrar, entonces resulta evidente que es por algún motivo. Todos lo sabemos, o al menos lo intuimos. Es un secreto a voces.


Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com

miércoles, 3 de junio de 2009

Darwin y Chile, por Gonzalo Vial.


Darwin y Chile,
por Gonzalo Vial

El bicentenario del nacimiento de Darwin ha dado origen a un homenaje múltiple y mundial, ciertamente muy justo, al cual Chile no se ha sustraído. Y no podía haberlo hecho, pues durante sus cinco años de viaje como hombre de ciencias semioficial del Beagle hizo observaciones antropológicas, geológicas y naturalistas que de modo importante se relacionaban, directa o indirectamente, con nuestro país. Las vació, según se sabe, en el último de los tres tomos de la versión oficial de aquella aventura (1839), republicada con cambios trascendentes el año 1845 bajo el título El viaje del Beagle.

Los cambios apuntaban ya a la teoría de la evolución —como opuesta a la fijeza de las especies divinamente ordenada, la tesis creacionista— y se explicitó en el libro más famoso de Darwin, El origen de las especies (1859).

Nadie ignora el terremoto científico que significaron esta obra y teoría. Su aparente filo anticristiano (aunque el sabio sólo abordó el evolucionismo en el hombre algunos años después) hizo de ellas una bandera en la lucha que diversas escuelas de pensamiento —cientismo, positivismo, etc.— libraban a fines del XIX contra el pensamiento tradicional de la Iglesia Católica. Aquí, la lucha indicada adquirió un carácter extrema y amargamente político, ese siglo. Nuestros pensadores anticlericales, progresivamente, harían de Darwin un oráculo —algo siempre muy negativo para un científico— y del evolucionismo un dogma. Barros Arana, v.gr., comenzó por mirarlo con dudas y terminó llamándolo “la teoría más luminosa”.

La Patagonia

Darwin/oráculo fue uno de los motivos, si no el principal, que llevaron al generalizado menosprecio de la Patagonia —que disputábamos con Argentina— entre los intelectuales y gobernantes chilenos. El Beagle la había visitado con cierta detención y Darwin, desembarcando, hizo varias incursiones terrestres a su interior, una de ellas —muy penosa— de 140 millas. Su cuadro y diagnóstico fueron siempre los mismos: “ni una sola gota de agua fresca”... once horas sin probarla, durante un reconocimiento; sequía la mayor parte del año; intentos de colonización europea , “miserables” y abandonados; indios crueles y agresivos; un paisaje invariable y “extremadamente sin interés”. Ni plantas, ni pasto. ¿Fauna? Pobre, mas la Patagonia “puede sin embargo jactarse de un stock de pequeños roedores mayor quizás que el de cualquier otro país del mundo”. Etc., etc.

Según he anticipado, esta Patagonia inútil devino un lugar común en Chile. Barros Arana lo confirmó al escribir —“con mucho cuidado y mucho amor”, decía él mismo— Elementos de Geografía Física (1871), que llevaba cinco ediciones el año 1900 y era el texto más usado por los estudiantes de humanidades o secundarios: “No es (la Patagonia) sino un inmenso desierto donde sólo aparece por intervalos una vegetación raquítica y espinosa: aguas salobres, lagos salados, incrustaciones de sal blanca se alternan con esta triste vegetación... hasta el pie de los Andes... (de) vertientes casi desnudas por ese lado”. Reiteraba don Diego tales conceptos a los negociadores argentinos el año 1878, apoyándolos con las “observaciones de los hombres científicos” que habían visitado e investigado esos territorios... Darwin sin duda entre ellos.

Pero don Diego era un admirador de la Patagonia al lado de Vicuña Mackenna, cuyo libro de igual título (1880) amplificaba al investigador inglés con toda la elocuencia desmesurada de don Benjamín. Era una “tierra maldita”, dijo; apenas servía para enviar a ella criminales que merecieran un destino peor que la muerte.

No debe creerse, sin embargo, que Darwin “inventara” la negativa visión chilena de la Patagonia. Lastarria la había anticipado en Lecciones de geografía moderna, el año 1838. Pero (según ha hecho notar sagazmente Manuel Ravest: Barros Arana y la pérdida de la Patagonia: mito y verdad) las ediciones POSTERIORES de ese libro enfatizan la inutilidad de aquel territorio, con tonos ultradarwinianos: “Ofrece el aspecto más horrible... no hay más árboles que algunos sauces a orillas de los ríos... ni... mineral alguno... (ni otros animales) que guanacos y zorrinos” (1857).
Ahora bien, en el Tratado de 1881 cedimos la Patagonia a Argentina, a cambio del Estrecho de Magallanes y de mantener al vecino fuera de la Guerra del Pacífico.

La clase gobernante e intelectual de Chile creyó que era un buen negocio, pues sobrevaloraba el Estrecho y hacía una nada de la Patagonia, basándose principalmente en Darwin. De todos modos, es probable, hubiésemos preferido el Estrecho —estábamos obsesionados con su importancia—, pero quizás sin ceder tan de barato la Patagonia. Un mal servicio que nos hizo el sabio.

Los fueguinos

Navegando el Estrecho, Darwin tuvo un conocimiento superficial de los indígenas fueguinos. Le bastó —conducta no muy científica— para referirse a éstos (excepto a los onas) de una manera sorprendente por lo despectiva. Hizo llover términos negativos sobre ellos. Tienen mayor diferencia con el hombre civilizado, dijo, que la existente entre el animal salvaje y el doméstico, siendo “las más abyectas y miserables creaturas que jamás haya visto”. Agregaba que su lengua había sido comparada con la de un hombre que carraspea, “pero por cierto ningún europeo nunca despejó su garganta con ruidos tan roncos, guturales y estridentes”. La completa desnudez de los indígenas pescadores, incluso de una mujer “totalmente desarrollada”, escandalizó al naturalista. Ha sido hecha la pregunta, añadía, de “qué placer pueden gozar en la vida algunos animales inferiores”, pero la interrogación es más pertinente respecto a estos “bárbaros”. Y así continuaba...

Su entendimiento, por otra parte, era según Darwin casi nulo, sus habilidades, puro instinto. “Apenas podemos colocarnos en la posición de estos salvajes, y comprender lo que hacen”.

A tan vil catadura de cuerpo e intelecto, unían los fueguinos —siempre conforme a Darwin— el más bajo nivel moral. No creían en la existencia después de la muerte, ni en ninguna forma de divinidad ni religión. Les eran ajenos los afectos familiares, tanto entre padres e hijos, como entre la mujer (“laboriosa esclava”) y el marido (“amo brutal”). Robaban cuanto veían. Sobreviniendo una hambruna, mataban a las viejas —antes que a los perros— para comérselas, persiguiéndolas implacablemente si intentaban huir. Cuadro tan pavoroso tuvo por comprobación única lo que Darwin escuchó a otros pasajeros del Beagle.



El prestigio universal del naturalista inglés abonó sus dichos respecto a los fueguinos, que dieron base al posterior «evolucionismo cultural»... la tesis de que al inferior nivel de civilización material e intelectual de los pueblos primeros y primitivos de la Humanidad, correspondía necesariamente una similar falta de desarrollo ético y religioso.

A comienzos del Siglo XX, la Escuela Antropológica de Viena, que dirigía el sacerdote del Verbo Divino Wilhelm Schmidt, y su revista Anthropos, refutaron el evolucionismo cultural a través de estudios directos de esos pueblos donde aún subsistían.

Quizás el más notable de tales estudios fue el de los fueguinos, encargado por Schmidt a un discípulo, Martín Gusinde (1886/1969), también del Verbo Divino, profesor de humanidades en el Liceo Alemán, el colegio santiaguino de la orden, desde 1912. A partir de 1918 Gusinde hizo media docena de viajes a la zona austral, para convivir largamente con onas, yámanas y alacalufes y analizar a fondo sus creencias y costumbres. Incluso fue admitido a las ceremonias de iniciación de los jóvenes indígenas, y reunió un rico material fotográfico (por el cual los onas lo llamaban Mankasen... “el cazador de sombras”), soslayando con habilidad y prudencia el habitual rechazo del hombre primitivo a ser retratado.

Los estudios de Gusinde le dieron fama mundial, y destruyeron por completo el cuadro horripilante de Darwin sobre los fueguinos (quizás con algunas exageraciones en el sentido opuesto), en particular respecto a su religiosidad y sentido moral. Por ejemplo éste, muy fuerte, se infundía a los jóvenes precisamente en las ceremonias de iniciación, y abarcaba el respeto por la mujer, los padres y los ancianos, y el deber de protegerlos. Pero la visión darwiniana, “los fueguinos comiéndose a las viejas”, se había hecho intertanto difícil de desarraigar; subsiste hasta hoy.

Acount