sábado, 4 de abril de 2009

Más allá de la crisis.



Más allá de la crisis.
Juan Andrés Fontaine


Cuesta levantar la vista por sobre las urgencias de la difícil coyuntura. Pero, ahora que los mercados comienzan a mostrar cierta luminosidad, precursora quizás de un alba ya no tan lejana, es bueno preguntarse cómo vamos a volver a crecer. El tema es además muy oportuno, en vista de la elección presidencial de diciembre próximo.

El punto de partida es, desde luego, la actual crisis, sus causas y sus remedios. Las últimas cifras sugieren que, para sorpresa de muchos y pese a sus reconocidas fortalezas, Chile ha entrado en recesión. El producto interno bruto cayó significativamente a lo largo del segundo semestre del año pasado y es probable que haya seguido declinando en los primeros meses del presente año.
La industria manufacturera, golpeada no sólo por la caída de las exportaciones, sino muy especialmente por la reducción de las ventas al mercado interno, acusa a febrero una baja de 11,5% respecto de igual mes del año anterior. Como suele ocurrir, los que más sufren son quienes pierden el empleo. De acuerdo a las cifras oficiales, desde el máximo alcanzado en agosto pasado, se han destruido en términos netos un total de 110.000 puestos de trabajo (ajustados por el factor estacional). Los desocupados ascienden ya a 600.000 y de aquí al invierno pueden agregarse otros 120.000.

Es comprensible que muchos intenten culpar a la globalización y al modelo de libre mercado del desastre ocurrido. Pero, los líderes mundiales del así llamado progresismo, reunidos en Viña del Mar días atrás, no parecen haber dado con una fórmula alternativa. Tampoco los países del G-20, sesionando en una Londres, convulsionada y recesiva. No es de extrañar: ni el hoy tan repudiado capitalismo anglosajón, ni la receta mixta de Europa continental o de los países escandinavos, ni su peculiar variante en Japón o Corea, han podido librar a sus respectivos países de los efectos del fulminante ataque de pánico que se ha apoderado de los consumidores y los inversionistas. Desde luego, hay lecciones que sacar de la crisis en cuanto a la responsabilidad de las políticas previas, en lo macroeconómico y de regulación financiera. Las causas del grave accidente parecen haber sido tanto falla humana como ciertos defectos de diseño. Pero abandonar el modelo de libre mercado y volver al estatismo equivale a que, tras fuerte choque automovilístico, renunciáramos al automóvil y optáramos por andar en carreta.

Aunque la estrategia del Gobierno ante la crisis tiene el mérito de reafirmar su compromiso con la economía de mercado, el problema es que no se hace cargo de por qué ella nos está golpeando tan duramente. Si durante los años de vacas gordas ahorramos tan abnegadamente, ¿por qué sufrimos hoy una recesión similar a la de tantos otros menos previsores? ¿por qué los agujeros en nuestro blindaje?

La verdad es que durante los años de la bonanza –entre 2003 y 2008– nuestro crecimiento económico promedió un insatisfactorio 4,9% anual, semejante al término medio mundial e insuficiente para superar la pobreza. Pero, la sensación térmica ha sido de un progreso mucho más rápido gracias a la muy acelerada expansión de la demanda interna, a una velocidad promedio de 8% real anual. Ello fue resultado de una política fiscal expansiva, que llevó el gasto público presupuestario a crecer a casi 8% real al año, de las muy bajas tasas reales de interés (tan sólo 3% real para los créditos bancarios de corto plazo) y el fuerte incremento del endeudamiento de los hogares y las empresas. En condiciones normales, esta insostenible mezcla macroeconómica habría provocado un reventón inflacionario. Pero, la bonanza del cobre mantuvo el dólar bajo y pospuso la hora de la verdad hasta el año pasado. Entonces la alarma inflacionaria hacía ineludible terminar la fiesta. El estallido de la crisis internacional volcó el panorama, echó a suelo las expectativas de los agentes económicos y tornó el exceso de gasto en exceso de cautela.

El Gobierno ha reaccionado con celeridad. Pero su estrategia es más de lo mismo: un intento de reavivar la demanda, redoblando la dosis de gasto público y propiciando, mediante una variada gama de instrumentos, la vuelta a los tiempos del crédito fácil. Se trata de una saludable acción contra cíclica. Pero, si no logramos devolverle a Chile la fe en su capacidad de crecimiento, la voluminosa y estruendosa batería de medidas fiscales desplegada por el ministro Velasco sólo cosechará frustraciones.

Cómo reanudar la carrera al desarrollo es la preocupación central que ha convocado al llamado Grupo Tantauco, cuyos estudios han sido hoy formalmente entregados a Sebastián Piñera, candidato presidencial de la Alianza. Por más de un año, 36 comisiones conformadas por varios cientos de expertos, han recopilado antecedentes, revisado estudios, contrastado visiones y formulando propuestas que, debidamente procesadas y cotejadas con la opinión ciudadana, constituirán el programa de gobierno que esa candidatura ofrecerá al país. Las ideas contenidas son muchas, pero su médula es una: para construir un país que brinde a todos oportunidades y seguridades es imprescindible volver a poner en marcha los motores del crecimiento acelerado.

Nuestra capacidad productiva se ha desacelerado porque la productividad general de la economía, que entre 1986 y 1997, en los tiempos de oro de crecimiento acelerado, aumentaba a un ritmo de 2,2% anual, ha avanzado a un ritmo de tan sólo 0,6% anual en el último trienio. La productividad crece en una economía fertilizada por el emprendimiento, con alto ahorro e inversión, con un mercado laboral flexible para adaptarse a las exigencias de la competitividad, con mercados abiertos y competidos, con un sector público comprometido con el servicio eficiente.
En lugar de poner el acento sobre la demanda, e insistir en la expansión fiscal y crediticia, hay que volver la vista hacia la oferta. Es necesario aligerar el peso de los impuestos y sus apremiantes plazos de cobro, en especial sobre las pequeñas y medianas empresas, motores del emprendimiento y grandes generadoras de empleo. Levantar las trabas burocráticas a la creación de fuentes de trabajo. Estimular, mediante subsidios bien enfocados y normas adecuadas, la incorporación masiva de mujeres y jóvenes al mercado laboral. Emprender una drástica reforma del sector público. Transformar a las empresas públicas, que hoy languidecen en la incompetencia o son pasto del cuoteo político, en agentes del crecimiento, con la debida incorporación de capital y gestión por parte de la iniciativa privada. Abordar, finalmente, el desafío de la modernización de la educación escolar y universitaria, para lo cual la reciente aprobación de la LEGE, fruto del esfuerzo compartido del Gobierno y de la Oposición, es tan sólo un saludable primer paso. Recorrer la empinada pendiente que aún nos separa del desarrollo no nos será fácil, pero para reiniciar el ascenso las ideas y los equipos están prestos

viernes, 3 de abril de 2009

Hay debates aburridos, y ése.



Hay debates aburridos, y ése,
por Sergio Melnick.

Finalmente se hizo el famoso “debate” de las “primarias” de la Concertación. Tan irrelevante fue que a tres días nadie se acuerda que siquiera existió. Y habrá votación el domingo. Por supuesto, este debate fue realizado en el patio de atrás, a oscuras, y sin televisión para el resto del país. Esto, lleno de justificaciones dialécticas de lo injustificable, y de restricciones en su formato para que no pasara nada. Tal como ocurrió.
No se me ocurre un mejor argumento que ese “debate” para ratificar la importancia de que se produzca un cambio, y alternancia en el poder.

Bueno, yo tenía gran interés, y lo escuché completo por la Radio Agricultura, y después me pasé a una repetición en el cable. Confieso que la segunda vez, literalmente, me quedé dormido antes del final.

Amigos, nadie se perdió nada, absolutamente nada, porque simplemente no hubo debate, y porque todos conocemos el resultado final. Los periodistas hicieron lo que pudieron, pero el formato era una camisa de fuerza sin salida. Decir que fue fome, es generosidad.

Decir que alguien dijo algo relevante, sería mentir. Gómez demostró que no existía. El pronóstico para Frei, después de esta actuación, no es muy promisorio. Lagos ya calienta motores.
Este “debate” que no fue es la mejor foto de la Concertación después de 20 años, 17 bastante buenos. Está extenuada, y des-concertada. Otra cosa hubiese sido esta primaria con Marco Enríquez-Ominami, pero lo sacaron literalmente por la ventana. También hubiese sido un poco mejor con Insulza, y ni hablar con Lagos, pero odian la competencia. Son democráticos hasta por ahí nomás. Asombrosamente, Insulza denostó a Gómez, porque, según él, todos sabían el resultado y estaban perdiendo tiempo. Gómez, aun perdiendo el próximo domingo, ya ganó por su coraje, pero después de verlo ¡qué pachorra creer que podría ser Presidente! Francamente, yo esperaba mucho más de él. Su estrategia tampoco fue inteligente. Viniendo de abajo frente a Frei, debió tomar riesgos y ser audaz; no tenía nada que perder, sólo ganar. Joignant mismo dijo “Gómez carece de sorpresa”. Y se presentaba casi como el Obama. Qué tal.

“Progresismo” es sólo una nueva palabra para estatismo. “Soy un gran estatista”, declaró Gómez, muy ufano, mirando como siempre al futuro por el retrovisor, soñando con un Chile de hace 60 años o más. Las propuestas de Gómez fueron obvias: educación estatal gratuita, más universidades estatales, más impuestos, aborto, energías alternativas subsidiadas, todo regulado, en fin. El gran Estado benefactor, la solución mágica voluntarista que ha fracasado donde se ha intentado, porque no logran crecer económicamente. Ahí están EFE, Transantiago, ENAP, Codelco, MOP-Gate, Gendarmería, Chiledeportes, Educación, y sigue y suma. Todavía no entienden de dónde ha venido el progreso (decreciente) de Chile en los últimos 30 años. Como dice Marco Enríquez- Ominami, llegan al poder con promesas y gobiernan con explicaciones.

El constante desprecio por el emprendimiento y la iniciativa de las personas era elocuente en ambos... un poco menos en Frei, que fue una estrella luminosa al lado de Gómez: estuvo claramente mejor, pero no tiene muchas cosas nuevas que decir, salvo que ahora está abierto al tema del aborto. Dijo literalmente que “sería un imbécil si estuviera proponiendo lo mismo que el 93”, curioso lenguaje para un eventual Presidente. Debe estar conversando mucho con Escalona.
Lo más nuevo que le escuché fue la idea de reproducir regionalmente los centros de investigación científica avanzada, tipo “Bunster”, tema que comparto con entusiasmo. Curiosamente, sin embargo, él habló de centros tecnológicos, como si fueran lo mismo que los científicos, lo que muestra que, al parecer, no entiende muy bien el tema, así es que lo voy a tratar de asesorar un poco, si me deja. En el tema energía estuvo bien, pero nada novedoso.

Amigos, la libertad es el gran camino y desafío a seguir, no el estatismo. El estatismo es una forma de dictadura. Queremos un país donde todo sea posible, menos lo que está prohibido y regulado, o va contra la ética o el prójimo. Al revés, ellos están postulando un país donde sólo es posible lo que está permitido por una ley. Eso es estatismo. Eso mata a la persona humana. Ahí se acabó la libertad. El Estado es obviamente fundamental, pero al servicio de la libertad y la equidad, no al servicio de sí mismo y del poder. El Estado de derecho es fundamental, así como las regulaciones, pero bajo el principio de permitir siempre al máximo de las libertades, fomentar la iniciativa y permitir el desarrollo del genio humano. Nada de eso apareció en el debate, al contrario. ¿Volvemos a los 60 o seguimos al siglo 21? Usted decide.

jueves, 2 de abril de 2009

Dos comentarios excelentes sobre Jaime Guzmán E.


Guzmán, el joven combatiente
Gonzalo Rojas

A los 20 años fundó el Movimiento Gremial en su universidad; poco después era presidente de su centro de alumnos, candidato a la FEUC y, apenas egresado, profesor ayudante. Antes, aún niño, ya había publicado sus primeros artículos en revistas escolares.

Cuando cumplió 25, recibió un curso parcialmente a su cargo; un año después, era panelista en el más importante programa de TV, coordinador de los gremios en el paro de octubre del 72, polemista en cuanto foro y asamblea se realizaba (y eran muchos), formador de líderes por cientos.

Con apenas 27 años, se incorporó a la comisión de estudios de la nueva Constitución y pasó a ser columnista de variados medios escritos (si hoy estuviera vivo, este espacio sería suyo, en paralelo con Hermógenes).

Asesor del Presidente Pinochet con menos de 30 años, se activó para evitar abusos a personas, como para defender su propia libertad de conciencia, con graves consecuencias para su prestigio personal ante algunos poderosos de variados mundos. A los 37 fundaba un movimiento que devendría en partido, lo refundaba a los 43 y era elegido senador; con 44, inesperadamente para los demás, enfrentaba el juicio de Dios, asesinado en plena juventud.

Hoy, el magnífico monumento que lo recuerda, lo muestra abrazado a decenas de chilenos, al país total. Ciertamente fueron los deseos de concordia, de acuerdo, de paz, de bien común, los que lo movieron, pero para lograr esas metas siempre se planteó la vida como un desafío, como una lucha. Jaime Guzmán vivió y murió como un joven combatiente. Sus luchas fueron, ante todo, las que da el buen cristiano contra los propios defectos.

Dicen sus amigos que un día se propuso no enojarse más: ellos mismos lo vieron combatir desde entonces, denodadamente, para convertir su carácter filoso en más amable presencia. Y era evidente cómo se esforzaba por dominar su intolerancia al frío o la impuntualidad que lo acechaba en el cumplimiento de su exigente agenda. Para todo eso contaba, como pocos, con la ayuda confiada de la gracia de Dios. Pero, además, se implicaba en combatir seriamente los defectos ajenos. Cómo olvidar ese adecuado reproche: "¿Por qué tienes tan mal genio? ¡Corrígete!".

Más allá de lo fundamental, sus luchas juveniles se expresaron siempre a través de tres medios complementarios. En la docencia, el combate contra la ignorancia; en las comunicaciones, la pelea contra la mentira y la demagogia; en la política, la lucha contra la pobreza de cuerpo y de alma. Nunca una claudicación, nunca un temor invencible (y ciertamente debe haber pasado muchos miedos), jamás una excusa para postergar el combate o bajar la puntería.

¿Falto de caridad por buscar siempre el conflicto y enfrentarlo? No, por el contrario; sólo los pusilánimes, aquellos que confunden caridad con entreguismo, pueden criticarlo, incómodos al compararse, ellos siempre tan falsamente prudentes, con quien habitualmente enfrentaba cara a cara el peligro, argumentando enérgicamente. Pero nunca devolvió odio por odio: llamaba adversarios a los que lo trataban como enemigo.

Y es justamente esa capacidad de meterse a defender convicciones la que tantos extrañan cuando recitan el consabido: "Ah, si Guzmán estuviera vivo, nada de esto o aquello sucedería".

Porque es cierto que algunos de sus seguidores se aburguesaron, que hicieron del consenso su paraíso, del diálogo estéril su manual. Pero también lo es que un Rodrigo Álvarez y un José Antonio Kast, luchadores cada uno en sus respectivos estilos, bondadosos y cordiales, conservan bien el legado de Guzmán.



Sentimientos contradictorios
Miguel Flores Vargas (*)

Sensaciones y sentimientos contradictorios son los que experimentan este 1 de abril todos quienes conocieron y fueron amigos de Jaime Guzmán Errázuriz, los que fueron sus alumnos y también aquellos que, aun sin conocerlo personalmente, tuvieron la oportunidad de tomar contacto con él a través de su pensamiento y de sus obras, particularmente en la pervivencia de las instituciones que él contribuyó decisivamente a crear: ahí están el Movimiento Gremial y sus más de cuarenta años de constante lucha por el respeto de las autonomías sociales; la Unión Demócrata Independiente, convertido en el principal partido político chileno, con arraigo y representación transversal, y actualmente presidiendo ambas corporaciones del Poder Legislativo, y, finalmente, la Constitución Política, donde se plasmaron los valores y principios fundamentales de una sociedad libre.

Sentimientos contradictorios porque, por una parte, nos entristece recordar su alevoso asesinato, la ardua y dilatada investigación que terminó en la condena de sólo dos de los terroristas del FPMR que planearon y ejecutaron su brutal crimen, la ineptitud pasmosa de los gobiernos chilenos, primero ante la fuga de los frentistas desde la Cárcel de Alta Seguridad, donde cumplían condena, y luego frente a la actitud de un gobierno extranjero que brindó amparo y protección a los asesinos, asegurando su impunidad. El ominoso asesinato de Jaime Guzmán es el único cometido en la historia de nuestro país en contra de una autoridad parlamentaria en plena democracia, por lo que su impunidad cobra una significación y oprobio aún mayores.

Contradictorios, por otra parte, porque nos entusiasma comprobar que a dieciocho años de su asesinato hoy siguen plenamente vigentes las ideas y principios que él difundió, y el espíritu de servicio público al que llamó a los jóvenes y que personalmente practicó. Esas ideas que postulan una sociedad libre, donde imperan la justicia, el respeto irrestricto a los derechos esenciales de las personas, y la servicialidad y orientación al bien común del Estado, y ese espíritu de servicio público que convoca a los mejores y que enseña que el liderazgo consiste en guiar a la opinión pública y no en halagarla servilmente o dejarse llevar por sus vaivenes.

Porque hace dieciocho años nos arrebataron brutalmente a Jaime Guzmán Errázuriz, hoy honramos su alma, sus principios y el espíritu de servicio público al cual nos convoca diariamente.


(*) Director Ejecutivo Fundación Jaime Guzmán E.

martes, 31 de marzo de 2009

El escándalo de las farmacias.



El escándalo de las farmacias,
por Gonzalo Vial

El caso de las empresas farmacéuticas que se habrían coludido para fijar los precios de los medicamentos mezcla y confunde temas distintos:

Acusaciones y defensas
El reconocimiento de la colusión por parte de una de las tres acusadas, FASA, vindica la tarea acometida por la Fiscalía Nacional Económica contra ellas y hace verosímil el cargo formulado.

Naturalmente, este reconocimiento es una «delación compensada»: la confesante, según los documentos que conocemos, ha logrado de la Fiscalía: a) que se le aplique una multa inferior a la que normalmente le hubiese correspondido, y b) un grado, que no está claro, de impunidad penal. Además, insiste la confesante en que la colusión se estructuró al nivel medio de sus ejecutivos, sin aprobarla ni conocerla los elementos superiores de la empresa. Circunstancia que no es imposible, pero sí improbable .Y que no exoneraría de culpa, por grave descuido, a la dirección más alta de la firma.

Han surgido reparos éticos y de conveniencia pública a la «delación compensada». Dignos de consideración y regulación, estos reparos no quitan valor al reconocimiento —ningún inocente aceptará se le rebaje el castigo por algo que no ha hecho— ni su utilidad social para derribar el tinglado de abuso contra el consumidor

Las otras empresas acusadas niegan enérgicamente la colusión que se les imputa, tanto entre sí como con la confesante que la reconoce. Una de ellas ha tachado de “infamia” que se la quiera involucrar.

A primera vista, es una defensa bastante inverosímil. La colusión exige coludidos, y ¿por qué la habría de confesar uno de ellos si no fuese efectiva? Pero el asunto no es tan sencillo. Pues FASA no dice haber hablado directamente con sus otros «socios», sino a través de ejecutivos de laboratorios (El Mercurio, 25 de marzo). Se da entonces la paradoja de que sólo a quien confiesa la colusión se le puede dar ésta por acreditada; a los restantes acusados deberá probárseles que incurrieron en ella.

Y aquí opera la presunción de inocencia, fundamental, y más todavía en un caso que —quizás inevitablemente— se está juzgando con despliegue de pasión mediática y callejera.

Lo que está de más
El Gobierno no puede unirse a semejante pasionalismo.

Lo digo porque los noticieros de TV del fin de semana subrayaron la «fiscalización» farmacéutica desatada en el centro de la capital, a cargo de una lucida caravana funcionaria, que encabezaba el seremi de Salud metropolitano. Iba este caballero, para mayor relieve del operativo, enfundado en un esplendoroso delantal blanco de médico, completamente inútil —por cierto— para la tarea que cumplía. Fue (con muchos curiosos y muchas cámaras) repartiendo multas y clausuras a destajo, por infracciones variadas... ninguna, me pareció, de una importancia que exigiera tan augusta presencia.

Pero la fiscalización se dirigía exclusivamente contra locales de las tres empresas acusadas de coludirse.

Esto no es correcto. El Gobierno presiona a sociedades con las cuales tiene un juicio administrativo preciso, el de colusión, ante el Tribunal de la Libre Competencia, pero invocando motivos —las infracciones sancionadas por el seremi di bianco vestito— absolutamente ajenos a ese juicio. ¿Despachará mañana al Servicio de Impuestos Internos contra las litigantes? Además, atiza el fuego de la agitación «popular» alrededor de las farmacias y de sus dependientes... que, por supuesto, nada tienen que ver con la colusión.

El Estado no necesita estos pasos de farándula. ¿Fiscalizaciones? Todas las necesarias o convenientes, pero generales, no sesgadas hacia las farmacias que litigan por otras razones con las autoridades que las fiscalizan.

Explotación política
Lo peor del episodio ha sido pretender aprovechar políticamente lo sucedido, porque el candidato presidencial de la Alianza poseía, a través de dos sociedades suyas, un 0,7% de FASA, sociedad anónima abierta que se transa en Bolsa.

Es obvio que, utilizando porcentaje tan reducido, aquel candidato no ha podido tener directores, ni intervenir en el manejo de la sociedad, ni conocer éste. Algo que entienden hasta los niños. Pero el 0,7% ha sido presentado como un crimen sin perdón, que descalificaba a aquel candidato de modo irremisible. Y así:

-El primero en levantar el escándalo, con grandes titulares, ha sido el diario La Nación, cuya mayoría absoluta de acciones pertenece al fisco. Por este motivo, cualquier gobierno de turno se ha sentido siempre moralmente autorizado —sin ningún motivo— para usarlo de modo abierto como instrumento de propaganda política. Y ahora, además, configurando una indiscutible intervención electoral: tocar a rebato contra el candidato opositor a La Moneda y, peor todavía, invocar para ello un argumento deleznable.

Como cualquier bien fiscal, La Nación pertenece al conjunto de los chilenos, y utilizarlo de este modo ofende a un alto porcentaje de ese conjunto.

-Desgraciadamente, igual camino tomó el precandidato mayoritario a La Moneda que levanta la Concertación.

Un ex presidente, e hijo de ex presidente, no puede caer en estas trampas fáciles. Ni menos enarbolando argumentos como el que usó: que poseer su rival 0,7% de FASA demostraba la verdad de una afirmación anterior del postulante concertacionista: que existiría incompatibilidad entre ser político y ser hombre de negocios. Esto es cuando menos sostenible, pero no lo demuestra para nada el caso de FASA. No hay conexión lógica entre premisa y conclusión en el argumento contra el candidato de la Alianza.

Adicionalmente, hay algo de injusticia, de asimetría, en que las inversiones del aliancista sean todas conocidas y públicas, y las de su adversario no. Este, hace años, para dedicarse exclusivamente a la política, tomó la resolución loable de entregar el manejo de sus haberes —ni colosales ni míseros— a terceros de confianza. Pero nadie sabe su monto actual ni en qué inversiones están colocados, ni por ende cómo podrían ellas afectar a las decisiones político-administrativas del precandidato concertacionista si llegara a La Moneda.

La «peligrosidad» del postulante de la Alianza por sus negocios todos los chilenos la podemos juzgar. La del precandidato concertacionista, no... no sabemos de qué negocios o inversiones se trata.

-Finalmente, otros personeros concertacionistas, comprendida (creo) la Presidenta, sin criticar directamente aquel 0,7%, insisten en que el caso FASA demuestra que no se deben confundir política y negocios. Es una forma de atacar al postulante sin decirlo, «sin querer queriendo», pero también exhibiendo inconsistencia. Porque en FASA y sus «alrededores» no ha habido dueños, ni interesados, ni gestiones ni «comisiones» de carácter político. ¿Cuál sería, entonces, la confusión?
Es preciso elevar el nivel de la lucha por La Moneda, o terminará con espacios fijos en los programas de chismes de la TV.

Economía y Sociedad, dos notas interesantes


Sobre colusión, “carteles” y delación compensada
Alejandro Ferreiro.

Se necesitan dos para bailar tango. Y al menos dos para coludirse. Dado que aún no se conocen los carteles compuestos por un sólo actor, parece claro que alguien miente en el oscuro caso de las farmacias. Desde luego, quien confiesa haberse coludido con otros, revela un ilícito colectivo que abarca a todos los concertados. El reconocimiento de haber participado en una colusión es, a la vez, confesión y denuncia. Y como la confesión conlleva costos de imagen y procesales importantes (desde luego releva la necesidad de probar, lo que siempre ha sido la principal traba para desbaratar y sancionar carteles), sorprendería mucho que no fuera veraz en aquello que supone denuncia de conductas de terceros. Los aludidos intentarán probar lo contrario, pero si el cartel existió y Fasa se decide a colaborar aportando pruebas, será posible generar convicción de culpabilidad en los tribunales que deban fallar la materia.

La denuncia de Fasa sorprende por muchas razones. Entre otras, porque no se realiza bajo la protección de la figura de la delación compensada, que permite acordar rebajas sustanciales —y en algunos países la amnistía total— por ofrecer las pruebas sin las cuales la sanción del cartel no habría sido posible. Fasa no sabe si le rebajarán la pena, pero se arriesgó a confesar en la expectativa de que el tribunal respaldará el acuerdo o “conciliación” alcanzada con el fiscal nacional económico. Así debiera ocurrir, supongo, puesto que, de lo contrario, se acabaría todo incentivo para que a futuro otros prefieran denunciar carteles a perseverar en ellos. Por eso, la sorprendente denuncia de Fasa se produce a pesar de la legislación vigente, y no gracias a ella.

En 1993 Estados Unidos estableció un programa de amnistía o de delación compensada para favorecer la denuncia de carteles. La Unión Europea lo hizo en 1996. Siguiendo la tendencia, Brasil, Canadá, Noruega, Suiza, Japón, Corea del Sur y México reformaron sus legislaciones en este sentido en lo que va corrido de esta década. Todos los países de la OCDE, salvo Turquía, cuentan con sistemas de delación compensada.

¿Y en Chile? En junio de 2006, el gobierno de la Presidenta Bachelet presentó el proyecto de ley que, fortaleciendo en varios aspectos nuestra institucionalidad defensora de la libre competencia, incluye una regulación moderna y eficaz de la delación compensada. En diciembre de 2007 el proyecto pasó de la Cámara al Senado. Desde entonces no ha tenido mayores avances. Varios legisladores —en especial de la UDI— han manifestado reparos a la utilización de la delación compensada para combatir carteles, señalando que sólo debería aplicarse a “delitos graves” como el narcotráfico o lavado de dinero.

Pero la experiencia internacional es abrumadora y en buena parte del mundo los carteles están sufriendo golpes formidables e inéditos gracias a los incentivos para denunciar que permiten obtener la prueba condenatoria dura y concluyente, siempre tan esquiva en estos casos. En esta década las multas en Europa casi cuadruplican lo observado en la anterior. En 2007 las autoridades del viejo continente aplicaron la mayor multa histórica (992 millones de euros) al cartel formado por los fabricantes de ascensores Thyssen, Kone, Otis y Schindler. Ya supimos lo ocurrido en Estados Unidos con la colusión del transporte de carga aéreo.

¿Y en Chile? Pese a los esfuerzos de la Fiscalía, las condenas son excepcionales. Sólo en el llamado “caso del plasma” la Corte Suprema confirmó —aunque rebajando las multas— las sanciones aplicadas por el Tribunal de Defensa de la Competencia (TDLC). En general, y más en la Corte Suprema que en el TDLC, la exigencia de pruebas condenatorias que eliminen toda duda razonable de culpabilidad impide condenas en base a indicios o presunciones. El exigente estándar probatorio exigido por la Corte Suprema refuerza la necesidad de la reforma legal que permita a la Fiscalía ofrecer el tipo de pruebas concluyentes que sólo un ex integrante de cartel puede aportar.

Si de verdad queremos sacar conclusiones útiles acerca del “caso farmacias”, debemos canalizar el descontento generado hacia la adopción de medidas eficaces para combatir los carteles. No hay excusas ni argumentos válidos para dilatar más la aprobación de la delación compensada. A estas alturas, su ausencia en la legislación chilena resulta inexplicable para quien aspira a ingresar a la OCDE y debilita innecesariamente la defensa de la libre competencia. Los únicos que pueden temer con esa medida son los carteles vigentes, puesto que, de existir amnistía o delación compensada, cualquiera de los que hoy participan en la colusión puede ser el delator de mañana. Garantizo que de aprobarse esa norma muchos carteles que hoy existen se disolverían automáticamente.

Por cierto, y mientras no se apruebe la ley, sería mejor que las iras del público, los medios y los políticos sean algo más indulgente respecto de Fasa. Mal que mal, sin su confesión, la posibilidad de hacer justicia en este caso sería menor. Pero más importante aún, es siempre preferible contar con arrepentimientos eficaces, aunque tardíos, que con carteles solapados e invulnerables

Debatir para avanzar
Margarita María Errázuriz

En año de elecciones es oportuno reflexionar sobre los debates públicos o informales entre candidatos, o sobre distintas causas. Hoy se realizará uno interno en la Concertación, se hace lobby para concertar otro sobre seguridad ciudadana y se discute sobre la forma que deberían tener los correspondientes a las presidenciales. El tema ya está en el tapete y la ocasión hay que aprovecharla.

Estos debates son una oportunidad privilegiada para acercar la ciudadanía a la política; constituyen un gran desafío para cambiar una tendencia creciente a desapegarse de ella. Al programarlos, hasta ahora no se ha tenido en consideración que, al escucharlos, el público no sólo hace juicios sobre los candidatos o los líderes de opinión en cuestión: sus intervenciones sirven también para evaluar al sistema político en su conjunto. El rol de los debates debiera ser el de abrir espacios para pensar en proyectos país, para motivarnos con un futuro promisorio, nuestro, construido en común.

Nada de esto se ve venir en el horizonte. Se tiende a discutir sobre temas puntuales, eligiendo cuidadosamente aquellos que le pondrán palitos al contrincante. Las argumentaciones se caracterizan por evadir las respuestas, ser simplistas, repetir lugares comunes, y por la agresión y la descalificación. No estamos en condiciones de seguir por esa senda, aunque ésta parece ser un mal nacional.

Necesitamos que los espacios de discusión se usen para reflexionar y construir juntos, apunten a los verdaderos problemas, se enfoquen a lo importante y nos abran a visiones de país que no somos capaces de visualizar. La sociedad civil también tiene que aportar a esta tarea y no debe dejar pasar las ocasiones que tiene para asumir esta responsabilidad. El debate en torno al reciente plebiscito en Vitacura es un buen ejemplo de su incapacidad para plantearse los verdaderos problemas. Pudo ser una ocasión única para reflexionar sobre el bien común, tema en el que bien vale detenerse.

Esa convocatoria permitía una reflexión necesaria y valiosa sobre cómo se aplica el concepto de bien común a la decisión de construir en altura y cómo se establece un equilibrio entre el bien común de los residentes de la comuna con el de muchos hipotéticos y futuros propietarios y arrendatarios que, expulsados de su lugar de origen o por gusto, podrían querer optar por vivir en esa comuna. En otras palabras, la discusión podría haberse centrado en cómo se concilia un legítimo bien común particular (de la comuna, en este caso) con el bien común general. Sólo dos personas plantearon que éste era el foco del problema: el alcalde y la ministra de la Vivienda, sin que ello prendiera en los votantes. Ambos lo hicieron sin usar la palabra bien común.
En cambio, oí muchas descalificaciones y un lema de campaña agresivo, que no se condice con todo el avance que se aprecia en la comuna. Creo que se puede reconocer lo valioso y disentir sin ofender con lo que se estima negativo. No me cabe la menor duda de que la comunidad debe valorar iniciativas pioneras, como Vitanet, Vitamayor, Vitaplaza, Vitavecino, Vitaexpress, entre tantas otras.

El debate sobre el bien común y cómo se aplicaría en este caso habría sido enriquecedor y formador de conciencia ciudadana. Es más, creo que debiera proseguir; no se ha zanjado con los resultados del plebiscito, éste sólo lo ha puesto de manifiesto. Hay aspectos de desarrollo urbano que es necesario enfrentar. Al menos a nivel de Región Metropolitana debiera seguirse analizando este tema.

A mi modo de ver, éste es el momento indicado para que los políticos y la ciudadanía utilicen los debates para pensar entre todos en el destino de nuestro país; en esa tarea que como sociedad no sabemos abordar y que, por lo mismo, no somos capaces de compartir. En un tema en que no hay una voz convincente, necesitamos escucharnos, abrirnos, no imponernos verdades que no son tales. Los debates pueden ayudar en este camino. Ya es hora de que cambiemos nuestra forma de debatir y que ésta nos permita avanzar.

jueves, 26 de marzo de 2009

Sin título, no enseñarás.......




Sin título, no enseñarás ,
por Gonzalo Rojas Sánchez.


Fue en el Metro, en la línea 5. El sujeto iba sentado, leyendo un informe; a su lado, el pasajero de pie, curioso, le chupó toda la información que estaba disponible en el papel impreso: iniciativas del Colegio de Profesores para finales del año 2008. En el texto figuraban decenas de actividades, pero ni una sola de las consignadas se refería a lo propiamente educativo. Todas eran "gremiales", es decir, movilizaciones políticas.

El tipo era, claramente, un dirigente del Colegio de Profesores.

Quizás estuvo en la tribuna parlamentaria pocos días atrás presionando para que esos salvajes incivilizados que son los profesionales chilenos se alejen de las aulas a las que voluntariamente quieren acceder para mejorar el aprendizaje de los niños cautivos del Colegio.
Porque mientras el PC pide el fin a la exclusión en el Congreso, busca practicarla en uno de sus reductos favoritos y mejor consolidados, las salas de clases.

Miles de profesores chilenos, serios, esforzados, trabajadores, aguantan resignados que los represente esa cúpula de iluminados -oscurantista, más bien- que sabe perfectamente lo que le conviene al Colegio para perpetuar sus privilegios, justamente en detrimento de los genuinos maestros. Y la primera necesidad del Colegio es el aislamiento: no contaminarse por motivo alguno con otras realidades profesionales; no vaya a ser que al contacto con personas de otras formaciones, decenas de miles de profesores comprueben que pueden salir de sus variadas indigencias, que pueden aspirar a más.

Vamos a ser dramáticamente claros, aunque duela.

Todos los profesores chilenos necesitan mejorar su lenguaje y su presentación personal. El contacto con abogados y médicos, con arquitectos e ingenieros, con psicólogas y sociólogos, traería enormes beneficios en el desarrollo humano de los maestros. No más profes sshhilenos, descamisados y garabateros, que puedan sentirse a sus anchas... Porque ahora los van a comparar. Y no es cuestión de pesos, es de relaciones.

A muchos les vendría de maravilla tener en su departamento a un tipo que pueda hablar con gran seguridad de biología o de historia o de filosofía. Para los maestros, sería un lujo de capacitación en el día a día. Pero para el Colegio, esa presencia de profesionales serios se constituiría en un riesgo: esos entrometidos desvirtuarían cuanto lugar común, cuanta frase hecha, cuanto eslogan amarxistado se ha abierto paso en la nueva dogmática docente.

No se trata de orientación ideológica, sino simplemente de calidad de la enseñanza. Porque ¿habría muchos profesionales de la Historia que insistiesen en enseñar sandeces como que los españoles cometieron genocidio en Chile, o que el siglo XX comienza un 11 de septiembre de 1973? ¿O filósofos que enseñaran a Nietzsche sin ponderar sus riesgos para el adolescente? ¿O biólogos que difundieran sin matices nuestra supuesta igualdad con los primates?

Claro, con profesionales rigurosos, se pone pesada la pista para el coleguita del curso paralelo, acostumbrado a repetir banalidades de almanaque y falsedades de cartilla.

Y para rematar lo anterior, la autoestima. ¿Habrá grupo humano al que le cueste más ponderar positivamente sus propios méritos que a los profesores? El problema es que si llegan a su lado miles de profesionales que sí se sienten realizados, los maestros pueden entrar en crisis. Mejor es mantenerlos en su autocompasión que verlos incentivados al mejoramiento, piensan en el Colegio.

Un estremecimiento final recorre a sus dirigentes: ¿Y si, además, los profesionales decidieran hacer cursos y se titularan? Ah, no, ahí sí que sería la debacle total. Esto hay que impedirlo de raíz.


Nota de la Redacción:
Esta columna ha sido tomada de Diario El Mercurio porque la consideramos un aporte para la mejoría de un magisterio educacional que en manos de los rojos ha desdibujado la labor formativa de los maestros para con las generaciones que deben tomar el poder como relevos.

Cipayos y corifeos zurdos se han tirado sobre las columnas de este brillante historiador, periodista y abogado, nos imaginamos tratando de acallarlo por el mismo metodo que usaron para aburrir a Hermógemnes Perez de Arce, esperamos que Don Gonzalo no ceda, la lucha que queda por dar es inmensa.

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miércoles, 25 de marzo de 2009


No nos importa nada,
por Gonzalo Vial.


El Centro de Estudios Públicos (CEP) tenía un equipo de lujo en materias educacionales. Hicieron historia, v.gr., los estudios que realizó sobre la PSU y los tristemente célebres CMO (Contenidos Mínimos Obligatorios). Por cierto no fue oído, pero allí está ese material para la eventualidad —remota pero no imposible— de que alguna vez el ministerio haga algo a las derechas.

Pues bien, el CEP acaba de desmantelar el equipo referido, despidiendo a dos especialistas de óptima calidad. Una de ellas, por cierto, agrega a sus conocimientos teóricos el mérito complementario —muy sorprendente en nuestros «expertos educacionales»— de haber creado y dirigir un colegio gratuito de mucho éxito.

Espero que el desmantelamiento no sea total, pues este departamento del CEP incluía cuando menos otros dos especialistas en educación de parecida solvencia. Desde otro punto de vista, es la entidad misma la que sabe “dónde le aprieta el zapato” en materia de recursos, sobre todo corriendo días tan difíciles como los actuales.

Pero, fuera de lamentar lo sucedido —por el CEP y el país, más que por las afectadas—, es interesante la explicación que le da el mismo centro, explicación que se transcribe en una carta de crítica y protesta que firman varias figuras de nuestra enseñanza (“El Mercurio”, 15 de marzo). Dice el centro:


“En un año de crisis, parece aconsejable redirigir recursos para robustecer el programa macroeconómico”.

La educación, preocupación de segunda... aun tratándose sólo de estudiarla. La educación y la crisis no se relacionan.


Vinculemos esta idea del CEP con un artículo que publica el prorrector de la Universidad Católica, también en “El Mercurio”, el 17 de marzo. Se refiere al Informe de la OCDE sobre el estado de la educación en los países desarrollados miembros de esa entidad, el año 2008. Y compara las cifras educacionales de dichos países con las chilenas.

Destaca el prorrector, como siempre se hace, nuestros “importantes logros... en cobertura escolar”. Pero luego enumera los frutos de estos logros importantes:

1. “Pobre desempeño” en la prueba PISA (lectura y matemáticas) 2006 (pobre desempeño que aquí, dicho sea de paso, celebramos como un triunfo olímpico).

2. Ciencias: Chile, Nº 32 de los 36 países miembros o asociados de la OCDE. “40% de nuestros estudiantes no alcanzó el nivel mínimo para razonar adecuadamente frente a fenómenos científicos elementales”.

Es decir, en Chile la “cobertura escolar” significa encerrar a los alumnos en los establecimientos para que no aprendan cosa alguna (aprovechable). ¿Qué utilidad tiene esto, qué “logro” representa? ¿Cómo puede calificársele de “fruto del esfuerzo que ha hecho Chile en materia de cobertura educativa”?

¿Y qué causa una inferioridad tan desoladora? También lo explican las cifras de la OCDE y del artículo comentado:

A. Gasto total de Chile, por alumno, a nivel de enseñanza básica y media: un tercio del mismo gasto en los países OCDE. El nuestro, estancado desde el 2005.

B. Tiempo pagado a los profesores para planificar y preparar sus clases: OCDE, 40%; Chile, 25%.

C. Remuneración de los profesores chilenos, al ingresar a la profesión y/o quince años después: un tercio de lo que pagan los países de la OCDE.

D. Tiempo que “los alumnos de (nuestros) colegios públicos están físicamente (e inútilmente, agreguemos) en clases: casi 30% más que el promedio OCDE.

E. Número de alumnos por curso, en Chile: 25% más que en los países de la OCDE
Etc.,etc.

Llevamos veinte años concertacionistas (y, antes, el régimen militar no lo había hecho mucho mejor) dando palos de ciego y disparando fuegos artificiales... sin alcanzar un nivel mínimo en educación básica y media, fundamentales si no únicas para el grueso de los chilenos. ¡Cuántos «programas» e iniciativas varias del Estado!

¿Qué de bueno, qué resultados positivos produjeron, por ejemplo, el «P-900», las «escuelas críticas», los MECE, las jornadas LEM, los «liceos de anticipación» o Montegrande, las «pasantías en el extranjero», los perfeccionamientos contratados por el ministerio, la reforma de los currículos, los «maletines literarios», etc., etc.? Ningún buen resultado, es verdad, pero ahora regalamos computadores...

Mientras tanto, todos hablábamos, hablábamos, hablábamos (y escribíamos) de educación. Seguimos haciéndolo.

Y al cabo de dos décadas... nada.


Algo semejante a lo que sucede respecto de la pobreza. Chachareamos incesantemente, de palabra y por escrito, sobre ella. Cada cierto tiempo, nos felicitamos de su «disminución». Pero la verdad es que, aun aceptando las cifras oficiales —hoy bajo fuego—, las últimas de éstas (2006) nos dicen que el número de pobres es el mismo de 1970.

Y es sabido que educación y pobreza se hallan estrechamente relacionadas. No se sale de la segunda sin la primera, siempre que ésta sea mínimamente buena.


¿Por qué hablamos tanto de ambas, y no llegamos a puerto en ninguna? Simplemente porque no nos importan nada. Son temas de conversación; conferencias, paneles y simposios; de disputas audaces y brillantes sobre «exclusión», «municipalización», «focalización» y otras yerbas; de innumerables estudios y diagnósticos; de modas pedagógicas —«la novedad del año»— que vienen y se van, etc.

Pero ni enseñanza ni pobreza, tan tristemente deficitarias, nos MUEVEN A LA ACCION. Nuestros hogares no ganan menos de $175.000 mensuales, línea límite de la pobreza «oficial». Nuestros hijos no van a escuelas gratuitas. La catástrofe futura que incuban la pobreza y la mala educación nos parece lejana o una profecía groseramente exagerada. De allí que si un
think tank de primera categoría deba, según explica, centrar sus esfuerzos y recursos en lo relevante, la primera víctima sea la educación. ¡Mortal ceguera!

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