miércoles, 17 de septiembre de 2008

El fantasma de septiembre, por Gonzalo Vial


El fantasma de septiembre
Gonzalo Vial

Un fantasma recorre el mes de septiembre... todos los septiembres, hace dieciocho años. Es el fantasma del 11... el 11 criollo, de 1973, no el norteamericano de las torres gemelas.

Pero el fantasma chileno del 11 ya no es el del golpe militar, sino el de Pinochet. Pinochet ha muerto, pero no exorcizamos, no podemos exorcizar su memoria. Veamos algunos hechos, grandes y pequeños, que lo demuestran:

—Un caballero a quien no conozco, pero seguramente respetable, me manda un libro que ha escrito y cuya tapa lleva la fotografía de... Pinochet. Es una colección de las cartas anónimas que el autor escribió al general el año de las protestas, completo, a razón de una misiva diaria. Lo hizo, relata, gastando enormes precauciones: manejaba los sobres con guantes de goma, para no dejar huellas digitales, y los hacía despachar por correos distintos.

Ahora bien, las cartas ahora publicadas están correctamente escritas y aunque críticas, no son injuriosas, pero... carecen de interés el 2008. No aportan nada nuevo sobre las «protestas» —más complejas que su solo nombre— ni respecto de cómo las enfrentó Pinochet, ni de Pinochet mismo... Tampoco podemos creer que el general haya leído estas cartas. Son de las que llegan por decenas si no por centenares, todo el tiempo, a cualquier gobernante, y no pasan del escritorio de un tercer secretario.

¿Por qué, entonces, las da a la luz el autor? La única explicación que se me ocurre es la ya dicha: que el fenómeno Pinochet nos sigue persiguiendo: un muerto que no dejamos morir, que continúa obsesionando al autor de los anónimos, un cuarto de siglo después de mandarlos.

—Un diputado que fue funcionario del régimen militar —refiriéndose a las relaciones inexplicadas entre un periodista de La Moneda y las FARC— formula una crítica al Gobierno.

El vocero oficial del Ejecutivo dice que no le contestará a un ex subsecretario de Pinochet.

Es un exabrupto de escolar, sí, pero además otra señal de que el fantasma de Pinochet nos continúa persiguiendo. Más importante que el mandato popular del diputado, es su subsecretaría —veinte años atrás— bajo el general. La figura de éste sigue “penando”, gigantesca: un homenaje involuntario que le rinden incluso aquellos que la juzgan maléfica.

—Igualmente significativo en cuanto a la pertinacia del fantasma de Augusto Pinochet, es la ya un poco ridícula pero invariable costumbre de culparlo por todos los problemas no resueltos de nuestra sociedad. Hace dieciocho años que nos gobiernan sus enemigos —justamente los que se concertaron para decirle “no”—, pero ellos rehúsan responder de esos problemas sin solución. He leído que Pinochet y su “micros amarillas” son la causa del Transantiago, y que dejó nuestra enseñanza pública “en el subterráneo”... por eso sería tan mala. HOY. ¡Le quitamos hasta su Constitución, la de 1980! Ahora —un tanto absurdamente, pero indicativo del terror pánico que nos causa el fantasma— es la Constitución “de Lagos” y del 2005...

—Pero el signo más patente del fenómeno que comentamos lo proporcionan los inevitables “festejos” anuales del 11 de septiembre, cuya versión 2008 terminamos de vivir.

Reaparecen tal cual, cada año y en cada población humilde, las “protestas” contra Pinochet de los años ’80. Barricadas, fogatas, luchas a piedra limpia —y últimamente a balazos— contra Carabineros, cortes de luz (fin de fiesta), saqueos y vandalismo... todo idéntico. Luego, la inevitable declaración oficial: este año, los disturbios y las víctimas han sido menos que el anterior. ¿Una mujer embarazada que recibe un tiro? ¿Un vecino malherido, hospitalizado y conectado al ventilador mecánico, castigo por desarmar la barricada cuyo humo agravaba el asma de un niño suyo?.. Bagatelas.

No creo que el mundo conozca otro país, como el nuestro, en el cual los críticos de un hecho ocurrido hace un tercio de siglo y más —críticos que hoy día y ya por veinte años han recuperado el poder—, reclamen contra aquel hecho destruyendo propiedad pública y privada, saqueando comercios y malhiriendo inocentes. Ni otro país cuyas autoridades, corrido el mismo tercio de siglo, simplemente NO PUEDAN poner término a este “vandalismo protestatario”.

Nos hemos acostumbrado a él, tal cual durante más de un siglo nos “acostumbramos” a la inflación alta y permanente.

Y la sombra del general también recorre las protestas de 11 de septiembre. ¿Por qué continúan, si ya no existe “represión” de ninguna “dictadura”? ¿No hay nada actual de qué protestar? ¿Por qué en tiempos de Pinochet eran actos patrióticos, y hoy (dice la autoridad... lo mismo que decía la de entonces) son desbordes del “lumpen” y los “delincuentes”? Los pobladores pacíficos, en la oscuridad del “cadenazo”; los comerciantes vejados, asaltados y robados: los automovilistas impotentes, que ven hechos pedazos los vidrios de sus vehículos... ¿en quién piensan?

En Pinochet, es probable. Igual que —sin conocerlo todavía— pensaban muchos el año ’73, como aquel paradigma democrático y democratacristiano de hoy, que entonces declaraba:

“Las Fuerzas Armadas chilenas son las grandes reservas morales de nuestro país, y pueden ser ellas quienes en un momento dado estén llamadas a solucionar las cosas. De eso no hay que tener tapujos, y lo demás es ser un hipócrita”.

Pero ¡ay!, inútil pensar en Pinochet, para bien o para mal. Está muerto. Su fantasma es el que nos persigue, porque no hemos sabido, como país, exorcizarlo, a fin de que descanse y descansemos. Y eso exige de nosotros, los chilenos, no de él, que ya en nada puede ayudar:

—Reconocer que el 11 de septiembre fue culpa colectiva de los civiles, que no supimos conciliar nuestras diferencias y estuvimos dispuestos a dirimirlas por la fuerza bruta, aunque derivase en guerra civil.

—Reconocer que nos sacaron de ese trance los institutos armados, cuando y como ellos solos podían hacerlo.

—Reconocer que el régimen surgido del 11 de septiembre fue, por desgracia, culpable de las más graves violaciones a los derechos humanos cometidas en nuestra historia.

—Reconocer que el mismo régimen instauró un sistema económico que ha sido y es la base de la estabilidad y relativa prosperidad imperantes.

—Reconocer que el mismo régimen nos devolvió voluntaria y pacíficamente la democracia —habiendo podido de hecho no hacerlo— el año 1990, cumpliendo al detalle y al minuto el itinerario y procedimientos prometidos por las Fuerzas Armadas diez años antes, en la Carta de 1980.

—Reconocer que esa Carta nos devolvió sustancialmente la democracia —incluida la posibilidad y mecanismos para modificarla—, en la cual el año 1973 vastos sectores políticos, fundamentalmente de izquierda, habían dejado de creer.

Únicamente el conjunto de estos “reconocimientos” podrá enterrar definitivamente a Pinochet; librarnos de su fantasma; dejar la discusión de su personalidad, méritos y errores —que será interminable— a la historia, y liberarnos para construir más y mejores consensos.
Nota de la Redacción:
Aunque no concordamos con todo lo expresado por Don Gonzalo Vial, creemos que su análisis y diagnostico son impecables, clarificando el único camino de futuro que tiene el país.

martes, 16 de septiembre de 2008

Notas para meditar

La sociedad de la (des)confianza
Alejandro Ferreiro

La confianza es mucho más que un pronóstico optimista racionalmente fundado. Es, también, un estado de ánimo que contribuye muy decisivamente a que el buen futuro acontezca. La confianza es, por tanto, un activo social, un ingrediente esencial de la receta del éxito en cualquier empresa que dependa, finalmente, de la voluntad humana.

La confianza en los demás es igualmente necesaria. Desconfiar del otro impone barreras, lo transforma más en adversario o amenaza que en amigo o socio potencial. La desconfianza paraliza y limita. Reduce las posibilidades de emprender colectivamente y termina por asociar el sentido de la vida a un mero proyecto individual, en el que poco pueden hacer por mí los demás, pero tampoco me importan. La desconfianza precede a la indiferencia y a la exclusión.

Surgen estas reflexiones a la luz de los últimos estudios y encuestas de los chilenos a 20 años del plebiscito. En estos años a Chile le ha ido bien. Entre 1987 y 2007 hemos aumentado de 3.608 a 13.588 dólares el ingreso per cápita ajustado por poder de compra (¡un 376%!), la pobreza se ha reducido en un tercio y casi ¾ de los chilenos son dueños de la vivienda que habitan. Pese a ello, los chilenos se muestran profundamente escépticos de las instituciones, y reducen su confianza en la capacidad del Estado para resolver los problemas fundamentales de la sociedad. Las encuestas marcan también que somos uno de los países de América Latina que menos confían en los demás.

El Estado, que finalmente, es la expresión de la acción institucional de las mayorías, habría merecido, quizás, una mejor calificación social. De hecho, probablemente, nunca ha sido más exitoso en la historia de Chile que en estos 20 años. Chile será el único país de la región que cumplirá con los objetivos del desarrollo del milenio definidos por las Naciones Unidas para el 2015. Y eso no es poco. Pero si bien la política ha sido buena, medida por sus principales resultados, las personas creen cada vez menos en los políticos, en las instituciones y en los demás. ¿En qué niveles estaría esa desconfianza, si el Estado y la política hubiesen realmente fallado estos años?

Esta profunda desconfianza debe preocuparnos. Y por varias razones. En primer lugar, se consolida en tiempos en que el país enfrenta, como nunca, la opción de dar finalmente el salto al desarrollo. Y ese no es el estado de ánimo que necesitamos para enfrentar las tareas y desafíos pendientes. Si el desánimo y la desconfianza nos desorientan o paralizan, Chile podría perder la inmejorable oportunidad histórica de llegar al desarrollo con inclusión social.

En segundo término, Chile requiere recrear un nuevo relato o imagen de futuro que nos convoque como nación con un sentido de urgencia y misión colectiva que reemplace en su rol orientador a la que nos convocó 20 años atrás: la recuperación democrática. Pero los sueños colectivos requieren confianzas colectivas: un propósito común convocante y motivador descansa en la disposición de sentirse parte de lo común. La desconfianza y el individualismo observados subrayan las dificultades —pero también la urgencia— de reconstruir una misión nacional que convoque y ordene los esfuerzos y la acción política futura.

Finalmente, la desconfianza en las instituciones revela una crisis de representación política en que el divorcio afectivo entre electores y elegidos resulta casi paradójico. Pareciera que ni el mejor de los políticos podría evitarlo. Es injusta, por cierto, la crítica dura, ciega y genérica que en ocasiones recae sobre los políticos. Pero es irresponsable desconocerla. Así como la demanda social en educación, salud y vivienda ya no es cobertura, sino calidad, igual cosa parece ocurrir en política. Ya no basta la democracia, ya no basta elegir. El nuevo estándar de exigencia es la calidad de la política. Las personas exigen más. Sólo un desempeño notable puede revertir las críticas... pero al menos sabemos cuáles son las exigencias. La gente exige soluciones y acuerdos. Exige verdad y austeridad. La gente espera desprendimiento. Es dura la tarea de representación política en una sociedad más exigente y con crecientes dosis de escepticismo y desconfianza. Pero no imposible.

En estos días, y a propósito del financiamiento para el transporte público, el Senado pone a prueba la capacidad de negociar y alcanzar acuerdos que es propia de la Cámara Alta. Soluciones espera la gente. Responsabilidad, para llegar a acuerdos sobre la base del análisis más riguroso y objetivo del problema y de sus soluciones posibles. Flexibilidad y generosidad, para salir de las trincheras si la solución está fuera de ellas.

En la “Sociedad de la confianza”, el político e historiador francés Alain Peyrefitte explica la brecha entre el desarrollo y el estancamiento por la presencia de valores sociales. Serían ellos los verdaderos impulsores del crecimiento. Entre ellos, la confianza en los otros sería el principal. Si Peyrefitte tiene razón, vaya desafío que tenemos por delante.

Una apuesta jugada, que no busca quedar bien con nadie (Educación 2020)
Cristina Bitar.

El fenómeno generado por Mario Waissbluth va más allá del problema de la educación; es una demostración palpable de que la gente, eso que también se llama la sociedad civil, está ansiosa de espacios de debate y participación distintos de los que le ofrece el sistema político convencional.

¿Dónde está la clave del movimiento “Educación 2020? En mi opinión, en que es una apuesta jugada, que no busca quedar bien con nadie ni trata de equilibrar intereses. Simplemente propone con convicción la solución de un problema que, por lo visto, a los chilenos les importa bastante más de lo que parece.

Aquí está buena parte de la esencia del problema de nuestro debate político. Está lleno de verdades a medias, nadie de la Concertación se atreve a decir que el Estatuto Docente es un fracaso peor que el Transantiago, porque reconocerlo sería reconocer un segundo error garrafal y la paternidad de ambos se asocia nada menos que al ex Presidente Lagos.

Nadie de la oposición se atreve a reconocer que el problema de la educación es también, y sustancialmente, un problema de recursos y que si queremos salir del pantano en el que estamos, vamos a necesitar más gasto público y en cantidades relevantes.

Allí radica el mérito de Waissbluth, que habló desde la independencia de la auténtica academia, y la gente, especialmente los jóvenes, sienten que por una vez alguien dice la verdad, sin cálculos, sin ventajitas pequeñas. El problema de nuestra clase política es que se ha acostumbrado demasiado a los acuerdos gatopardistas —si se me permite la expresión— en que todo cambia para que todo quede más o menos igual.

El desafío a los políticos, de la Concertación y de la Alianza, está lanzado, y cada día se suman miles de firmas que respaldan esta propuesta. Con ella se ha abierto un camino a la solución del problema de nuestra educación, pero también se ha abierto una ventana por donde entra luz al debate público. Hemos comprobado que se puede entrar al debate nacional desde distintas posiciones, y si se está dispuesto a quebrar huevos, hay mucha gente dispuesta a hacer tortillas.

Hay quienes ven en estos fenómenos un síntoma de que nuestra democracia está mal y que necesita cambios urgentes. Creo que no hay que sacar conclusiones fáciles. Es verdad que nuestra política está deteriorada y necesita cambios, pero no hay soluciones mágicas, ni siquiera en un eventual cambio de régimen político.

Lo que sí debemos trabajar es la manera de abrir espacio a otras formas de participación que pueden enriquecer el debate y acercar a las personas a lo público. La política convencional tiene que acostumbrarse cada vez más a competir por el liderazgo social con otros actores, con otras vías de participación, y tiene que ir haciéndose a la idea de que allí puede haber mucho más poder e influencia que en un cargo formal.

“Educación 2020” es un golpe de campana que despierta nuestro adormecido debate, nos propone una meta real, alcanzable; un sueño posible, difícil, pero posible. Además, nos recuerda que es el único camino, y que o lo tomamos o, de lo contrario, frustraremos a varias generaciones de chilenos.

¿Los candidatos presidenciales estarán a la altura de hacerse cargo del problema y de la solución de verdad, más allá de las fotos de campaña? Sería frustrante verlos tomando el documento a medias o tratando de sacar ventaja de lecturas parciales. Soy una más de los miles que ya son parte del proyecto “Educación 2020”, de los que le agradecemos a Mario Waissbluth y los alumnos que lo apoyan por darnos la oportunidad de ser parte de un sueño posible.


El voluntarismo nacionalista.

El grandilocuente anuncio de los presidentes de Brasil y Argentina anticipando la decisión del abandono del dólar como moneda para el comercio bilateral entre esos países, es solo otra muestra más de hasta donde puede llegar la impronta populista de los líderes de estas latitudes.

Plantear la eliminación de la moneda estadounidense para las transacciones comerciales bilaterales es simplemente una nueva demostración de que el nacionalismo latino sigue incursionando por aristas muy creativas.

Intentar disponer normativamente que el dólar estadounidense dejará de ser la moneda a través de la cual operarán en materia de comercio internacional Brasil y Argentina solo puede provenir de la demagogia más tradicional.

Como en tantas otras ocasiones, frente a decisiones similares, se tiene todo el derecho a dudar, si esto forma parte del desconocimiento acerca de cómo funciona el mercado, o si se trata de otra hipócrita puesta en escena del populismo sudamericano.

En el primer caso, hay que suponer que ambos mandatarios, creen férreamente que una norma alcanza para reemplazar una unidad de medida con la que piensan y operan los que a diario se ocupan de estos mercados. Desde lo formal probablemente, importadores y exportadores de estas naciones, terminen dando cumplimiento a los burocráticos procedimientos que la nueva regla imponga. Lo que no podrán evitar es que las empresas sigan "decidiendo" en dólares, definiendo valores teniendo como parámetro, tácito, la moneda internacional que intentan aniquilar ingenuamente los gobiernos.

En el segundo caso, saben a priori, que esto se agota en el mero anuncio, que solo refuerzan el espíritu nacionalista de sus huestes para darle consistencia a su electorado de origen. Saben, que la medida no resultará, pero esta "música" suena demasiado bien a los oídos de los votantes locales tanto en Brasil como en Argentina.

Toda una clase política es cómplice de esta forma de hacer las cosas. Incluida la oportunista oposición que se silencia por no opinar lo políticamente incorrecto.
Algunas declaraciones sonaron especialmente ridículas, como esas de quien, intentando elogiar la objetable decisión, fue más allá, diciendo que esto permitiría optimizar, economizar y agilizar la relación económica entre ambos países atribuyendo al anuncio, una simbología de "madurez regional".
Cuesta entender ese nivel de razonamiento. Siguiendo ese hilo conductor deberíamos pensar entonces que aquellos países que aun siguen operando internacionalmente en dólares mantienen "inmaduras relaciones comerciales" con otras naciones.

La integración internacional es saludable pero requiere de muchos menos prejuicios que esta payasada nacionalista. Por ahora solo asistimos a esta parodia llena de anuncios vacíos y superficiales.

La apertura económica requiere bastante más que esta insistente muestra de integración regional que mas parece una forma de cerrarse que de abrirse a los mercados. Esta manera de integrarnos, desnuda una bélica visión del comercio.

Los demagogos de turno creen que el comercio no permite integrar pacíficamente a las sociedades. Por el contrario viven los acuerdos comerciales como alianzas políticas planteando aquello de que se debe comerciar solo entre "amigos".

Recitan un discurso donde hay buenos y malos, pero demostrando su vigente incoherencia de ideas y valores, operan y acuerdan con dictaduras de toda índole. Ni siquiera tienen claro lo que piensan, o tal vez sea peor, lo saben pero sus visiones no resisten el más mínimo cuestionamiento racional porque caen por su inconsistencia.

El comercio internacional es una forma de integrar a las sociedades de un modo pacifico, tolerante y respetuoso. Comerciar con seres humanos a los que no conocemos, de culturas diferentes, con los cuales tal vez no acordemos en casi nada, es una demostración de que el comercio entre naciones es el lenguaje universal mas adecuado.
Pero la ambigua ideología imperante que mezcla ese falso nacionalismo con anacrónicas creencias económicas, sigue gobernándonos irremediablemente.

No lo hace, sin la anuencia de una siempre importante cantidad de ciudadanos que los votan de una u otra manera. El sistema de ideas que cree que integrarse a través del comercio es peligroso, sigue vigente. Viven las relaciones del comercio internacional como una forma de confrontar. Se habla de protección, cuando en realidad cerrar las fronteras al mercado internacional solo protege a los abusadores locales, que con sus ineficiencias cobran a los ciudadanos mas de lo que valen sus mercaderías.

Los que hacen lobby para evitar la integración son los ineficientes que precisan de políticas artificiales por parte del Estado para torcer el rumbo de lo que naturalmente sería la elección libre de los ciudadanos.

Hemos sido contaminados viralmente por razonamientos económicos como estos que nos enseñan que exportar nuestros bienes está bien y que importar esta mal, y que hacerlo en dólares nos hace imperialistas.

Creer que se puede disponer por normas, de cuestiones que se derivan de la credibilidad de una moneda es pecar de ingenuo, o lo que puede ser peor, abonar perversamente a establecer una lucha ideológica con símbolos como estos.

La demagogia populista solo ha dado otro paso más en esta línea. Se trata, una vez más, de otro anuncio del voluntarismo nacionalista.

Alberto Medina Méndez
Corrientes – Corrientes - Argentina

lunes, 15 de septiembre de 2008

Tres comentarios espectaculares

Las FARC nos quieren ayudar
Gonzalo Rojas

El propósito de todo grupo guerrillero y terrorista es liberar a los pueblos sometidos por el capitalismo y el imperialismo. De los años 50 para acá, los tipos no han variado ni un milímetro su objetivo. A lo más, han modificado sus fuentes de financiamiento, apoyándose decisivamente en la diosa blanca, ya que se les acabó el chorro del hermano mayor soviético.

Por cierto, la izquierda chilena extraparlamentaria, los funcionarios liberacionistas del gobierno Bachelet, las ONG que apoyan las reivindicaciones indígenas en nuestro sur y los parlamentarios chavistas encabezados por Navarro, todos, todos, conocen de cerca esa convicción guerrillera... y la aprueban. Las FARC tienen vínculos directos con el PC, en La Moneda han habitado compañeros que gozaron de la confianza de Marulanda y Reyes (aunque, caramba, no han aprendido ni a encriptar), los franchutes, belgas e hispánicos que operan en la Araucanía las idolatran y, por cierto, el senador socialista requerido se informa de ellas vía Chávez. Son datos de una causa cada vez mejor conocida.

No se trata entonces de si en Chile existe o no una red de apoyo a las FARC, sino de cómo instituciones y personas nacionales buscan dejarse ayudar por el grupo terrorista colombiano. Es del acá, es de la influencia del difunto Tirofijo en Chile que cabe preocuparse.

Por la recurrencia de estos temas, pareciera como si en el mapa limitáramos con Venezuela y con Colombia. Obvio que no, dirán los anclados en una mentalidad geopolítica superada. Y por eso, aseguran, no habría mucho de qué preocuparse: las FARC están bien lejos, ¿no? Olvidan estos ingenuos que para los movimientos de liberación, todos los países oprimidos por una democracia burguesa limitan mentalmente con sus sueños revolucionarios, que todos los pueblos -por lejanos que estén- son territorio cercano a conquistar.

El foquismo guevarista (crear focos revolucionarios: uno, diez, cien Vietnams) tiene ya casi 50 años de presencia en América. Tremenda novedad que desde México hasta nuestro sur, todos y cada uno de los movimientos guerrilleros y subversivos se han coordinado y ayudado entre sí. Maoístas, trotskistas, castristas-guevaristas o comunistas, han sabido empujar en la misma dirección, aunque a veces se hayan dado de codazos en el camino de sus luchas. Su objetivo: liberarnos. Ahora, con Chávez y con Evo, con Correa y con Lugo, el camino se les hace mucho más andadero; y, en reserva, al aguaite, Cristina, Tabaré y Lula: qué panorama alentador para el neo-foquismo.

Atentados incendiarios en la Araucanía, bombazos esporádicos en Santiago, jovenzuelos digitados para saquear el centro de la capital, carabineros y civiles baleados una noche de 11 de septiembre: tanteos del foquismo, muestras de su intención de ayudarnos en el proceso de liberación.

Lo grave no está, por lo tanto, en que Espina haya divulgado el informe; en que la ANI haya o no entregado antecedentes al fiscal nacional; en que el tema sea o no un asunto entre estados que no deben interferir en la política interna de los otros. Lo serio, lo grave, es que las FARC han decidido ayudarnos, que para eso cuentan con un Partido Comunista cuya directiva se instala públicamente con el vocero y que sus redes son apenas conocidas en el país.

Ah, el vocero. Tan enérgico él para solicitar que Estévez se mandara a cambiar de inmediato por asuntos de platas (y no pasó nada); y tan benigno él cuando de contactos profesionales con la guerrilla se ha tratado: sólo una degradación del periodista implicado y, después, una despedida cordial al combatiente que se retira para ocupar una nueva posición. Más vale guardarlo para las siguientes batallas.

Mientras tanto, fantástica esquizofrenia, el Gobierno insiste en patrocinar el Nobel de la Paz para la más famosa secuestrada por las FARC.

Y la DC, qué papelón. Ciertamente los muchachos de la flecha (ésa que ya no figura ni en la propaganda) no son partidarios de las FARC; ellos siempre han estado en la inmaculada y perfecta distancia que el centro otorga respecto de los extremos. Por eso Fuentealba, solemne, grave, protesta por las omisiones de la ANI. Pero, ¿algún DC pedirá audiencia en Vicuña Mackenna para notificar a Teillier que el pacto por omisión ha quedado automáticamente desahuciado? No, pues, no se pida tanto: de las FARC al PC, en la mirada DC, hay un laaaaaargo trecho.

No hay que confundirse: las FARC nos quieren ayudar. Que cada actor en la política chilena aclare, por favor, si le interesa esa colaboración.

Populismo y retórica latinoamericana
Hernán Felipe Errázuriz

Los presidentes Evo Morales y Hugo Chávez han estado siempre resueltos a eternizarse en el poder y apoyarse mutuamente. No es novedad. El futuro de sus pueblos poco les importa. Lo primero es la ideología. Ahora radicalizan sus relaciones con EE.UU., con el retiro de dos embajadores, distinguidos y profesionales. Ambos sirvieron en Chile en otros cargos y fueron apreciados.

En un primer momento, con las expulsiones aumentarán su popularidad; es lo que buscan. Permanece el recuerdo de intromisiones de EE.UU. Por lo demás, es correcto sostener que la declaración de persona non grata está contemplada en el artículo 9° de la Convención de Viena, que no requiere expresión de causa y es una facultad discrecional de todo Jefe de Estado. Lo que no puede estipular ese tratado son las consecuencias del aislamiento. Era probable que Morales retrocediera, lo ha hecho antes. Recientemente, mientras vituperaba a EE.UU., le solicitaba ayuda financiera y privilegios aduaneros. La vuelta atrás no fue posible: quedó encajonado, luego de la solidaridad de Chávez y por la respuesta estadounidense, que también declaró non gratos a los emisarios de Venezuela y Bolivia.

Para perpetuarse, Morales y Chávez han dictado constituciones; concentrado el poder; instado a la violencia; se han apropiado de empresas privadas y celebrado alianzas con los regímenes más totalitarios. Es la agenda del socialismo del siglo XXI. Ambos atraviesan por fuertes oposiciones internas. Bolivia, en el umbral de una guerra civil, y Chávez, acosado por investigaciones de apoyos al terrorismo de las FARC, documentado en correos electrónicos que han causado estragos hasta en La Moneda. Además, el juicio seguido en Miami sobre origen y destino de un maletín con 800 mil dólares es una incomodidad para las relaciones de Chávez y Kirchner con Norteamérica.

La diplomacia también puede ser un instrumento del populismo. Lo ha sido en América Latina. Bolivia fue el caso más pintoresco. El Presidente Melgarejo expulsó al representante del Imperio Británico y lo humilló obligándolo a montar un burro. Se dice que la reina Victoria, advertida de que su flota no podía bombardear el altiplano, decidió borrar a Bolivia de su mapa. Lo más probable es que EE.UU. opte por algo parecido, por un tiempo.

Ahora vienen la retórica y las ambigüedades latinoamericanas. Las de la OEA son un clásico. Debutará la Unasur, y seguiremos absteniéndonos de calificar a las FARC como grupo terrorista, mientras postulamos al premio Nobel de la Paz a Ingrid Betancourt, víctima de ese terrorismo.

Aún es tiempo para tomar distancia de dos mandatarios impredecibles.

En búsqueda de respuestas esenciales
Karin Ebensperger

Los seres humanos vivimos en torno a un misterio fundamental: el origen del universo, y tratar de comprenderlo ha sido un objetivo perseguido por todas las culturas a través de los tiempos. Esta semana la comunidad científica inició un experimento que, según los físicos, permitirá hallazgos que cambiarán nuestra visión del mundo. Lo notable es que se hayan unido unos cinco mil científicos de múltiples nacionalidades y disciplinas en este colosal esfuerzo, que continúa el viaje que se inició con Newton y su descripción de la gravedad.

Hasta ahora, la ciencia ha sido incapaz de encontrar el mecanismo que explica la generación de la masa. Por eso tantos físicos e ingenieros trabajan en el Gran Colisionador de Hadrones, el acelerador de partículas más potente del mundo y uno de los mayores proyectos científicos de la historia.

En el Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN), se creó un túnel subterráneo de 27 kilómetros en el cual se hará colisionar protones a la velocidad de la luz para recrear las condiciones que dieron lugar al llamado "Big Bang", la más aceptada teoría sobre el origen del universo.

El Big Bang se refiere a una explosión inicial hace 13.700 millones de años, y si bien no entrega todas las respuestas ni explica lo que había antes, es una teoría sin debilidades aparentes y aceptada por la gran mayoría de la comunidad científica. Es considerado el paradigma fundamental de la cosmología contemporánea.

El objetivo del Gran Colisionador es recrear en un lapso relámpago la "sopa" primordial que formó la materia durante los primeros microsegundos del universo, antes de la creación de protones. Culminan así casi dos décadas de trabajo, y se abre la posibilidad de descifrar cómo se creó la materia y de detectar al denominado "bosón de Higgs", también conocido como "partícula de Dios", porque sería capaz de dotar de masa a otras partículas. Hasta ahora sólo ha sido deducido.

Los resultados son inciertos y se conocerán recién dentro de un año. Pero lo que quisiera destacar en esta columna es el hito científico que significa el que en un solo proyecto se unieran Alemania, Francia, Gran Bretaña, Suiza y otros 8 países europeos, Estados Unidos, India, Rusia y Japón; que invirtieran US$ 8 mil millones y que anunciaran que distribuirán la información obtenida en bruto a más de 200 instituciones y universidades del mundo para ser analizada.

Hace 2.500 años, en las islas griegas, Demócrito intuyó que los átomos son la estructura básica de la materia. Desde entonces, nunca como en este proyecto del CERN, se habían reunido tantos cerebros atendiendo simultáneamente las preguntas esenciales. Un esfuerzo que debiera ser inspirador para la búsqueda de soluciones a otros problemas que afectan a la humanidad.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Dos mensajes para meditar

Transantiago: en busca de una estrategia
Los múltiples problemas asociados a la situación del Transantiago -técnicos, informáticos, políticos, financieros, legales- requieren una estrategia definida para ser abordados. El ministro Cortázar no ha logrado transmitir la sensación de tenerla. Inicialmente, no optó por una actitud de firmeza con los operadores, pero ahora ha anunciado que la tendrá. Al comenzar su gestión, planteó la necesidad de disminuir el déficit a una cifra cercana a 10 millones de dólares mensuales, pero su desmesurado aumento en los últimos meses -debido en parte al incremento del número de buses y del precio de los combustibles- lo llevó a proponer un sistema de subsidios permanentes, relacionados con la existencia de la tarifa escolar y extensible a todas las regiones. En algún momento, el esfuerzo se concentró en aumentar el número de buses y de recorridos, pero ahora se focaliza en la necesidad de mantener cierta regularidad de frecuencia para evitar las "cuncunas" o grupos de buses de un mismo recorrido, sin separación entre ellos. Se ha hablado de modificar sustancialmente los contratos de los operadores, pero también de hacer cambios graduales.

A esta variedad de orientaciones dispares se añadió el recurso a créditos con entidades bancarias para financiar los déficits, soslayando así al Congreso y desoyendo la primera advertencia del Tribunal Constitucional al respecto, el que finalmente declaró inconstitucional ese mecanismo -lo que asestó un enorme golpe adicional a la política del Gobierno ante esta larga crisis.

Es cierto que han sido inmensas las dificultades para enfrentar un problema como el que la Concertación se autocreó con el Transantiago. En un primer momento, no estaba claro dónde estaban radicadas las dificultades básicas, ni parecía posible definir con precisión quiénes eran los responsables de lo ocurrido -se culpó al AFT, a Sonda, a los operadores, a los diseñadores, a los implementadores del Gobierno o a todos ellos en su conjunto-, y en ese escenario tampoco le resultaba fácil a la autoridad multar a los operadores, tanto menos si eso podía significar que el sistema dejara de operar, ahondando así la crisis en vez de resolverla. Pero si ése era el problema, no se entiende cuál es la razón por la que ahora sí se ha decidido usar el rigor con los operadores, incluso respecto de materias -como el índice de regularidad- que no formaban parte de los contratos originales.

Para mayor agravamiento, duras aristas políticas han estado permanentemente presentes en este caso. La oposición se enfrenta al dilema de poner el acento en la desastrosa magnitud de esta situación -con miras a hacer electoralmente efectiva la responsabilidad de sus autores en los comicios de este año y el próximo-, o bien renunciar a eventuales réditos políticos del caso y colaborar en su solución de la manera más rápida posible -si la hubiere-, para así, de alcanzar el Gobierno en 2010, heredar una situación manejable, que no requiera negociar entonces con una Concertación que, presumiblemente, no le dará tregua. Al parecer, este dilema no ha sido resuelto, ni tampoco lo estaría la persona que lideraría una estrategia de colaboración -en caso de optarse por ella-, pues el protagonismo de tal función podría catapultar electoralmente su figura, creando predecibles tensiones.

Varios parlamentarios concertacionistas apoyan la propuesta del senador Frei de estatizar el sistema. Pero eso olvida que el sistema ya opera hoy como estatal, con un ministro que combina los roles de diseñador, financista y fiscalizador del mismo. ¿Cabe acaso pensar seriamente que si el Estado directamente adquiriese los buses y contratara a los choferes, mejoraría en algo la situación actual?

Sin duda, parte importante de las dificultades para avanzar en la solución de este problema radica en la ausencia de una estrategia clara para manejarlo.

Nota de la Redacción:
Reproducimos este editorial, de Diario el Mercurio,
www.emol.com. por considerar que taco los puntos sensibles de la incapacidad que ha demostrado Cortazar para manejar el inhumano problema creado ex profeso por la concertación a los santiaguinos.

Claro mensaje de un pastor

El Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, destacó que “son demasiado importantes los derechos humanos para que los dejemos en manos de un pequeño grupo ideológico”, al presidir el sábado 30 de agosto la Eucaristía por la Solemnidad de Santa Rosa de Lima, Primera Santa de América.

En la Misa celebrada en honor de la también Patrona de la Policía Nacional y de las enfermeras del Perú, el Purpurado señaló que “se ha puesto de moda el maltrato hacia la Policía Nacional y hacia las Fuerzas Armadas. Nuestra patria acoja con agradecimiento, sin ideologías, sin odios la presencia de la Policía y Fuerzas Armadas. Son demasiado importantes los derechos humanos para que los dejemos en manos de un pequeño grupo ideológico”.

“Los derechos humanos surgen de nuestra razón de ser personas, no es un conjunto sistemático organizado por un grupo, surgen con la misma persona, con el derecho natural, que las Naciones Unidas lo convierten en un plan concreto en el año 1948, pero llevamos un tiempo en que se ha convertido en bandera política de un grupo contra otro”, explicó luego el Primado de la Iglesia Católica en el Perú en consonancia con lo expresado por el Papa Benedicto XVI en su discurso ante la ONU en el mes de abril.

En aquella oportunidad, el Santo Padre, en un intenso y muy articulado discurso, proporcionó una serie de argumentos morales y filosóficos para precisar que los derechos humanos son inherentes a todas las personas y no el fruto de un “acuerdo”; y por lo tanto no pueden ser manipuladas por grupos ideológicos o de presión.

“No son tiempos para ver que opinan las encuestas, ni para ver que opina la gente. La palabra de Dios no se hace por una levantada de manos ni por mayorías. Es la palabra de Dios, se acepta o se rechaza, pero lo que no se hace es amortiguarla o cambiarla”, exhortó.

El Primado de la Iglesia Católica en el Perú dijo también que “la fe nos dice hay que luchar para que haya una capacidad en todos de poder vivir de manera decente, pero no acumular millones para luego ser polillas y gusanos en el cementerio”.

Fuente: aciprensa.com, tomado de
www.lahistoriaparalela,com.ar

viernes, 12 de septiembre de 2008

Tres temas de candente actualidad.

Cortázar: Un economista que fue
Sergio Melnick

La Presidenta Bachelet pudo literalmente haber calcinado el futuro político de Lagos, cancelando el peor fracaso de las políticas públicas de muchas décadas en Chile, y haber salvado así a su propio gobierno. Pero fue noble, le prestó ropa y de paso se hizo cómplice en el desastre, que ahora es tan de ella como del padre.

A esa nobleza, Lagos responde a cornadas. El mismo que apuntó el dedo contra Pinochet, ahora esconde la mano y le echa la culpa a este gobierno. Más aún, increíblemente, ha llegado a sostener que su «diseño» es alabado internacionalmente, pero que fue muy mal implementado. Se olvidó de que él mismo inauguró los buses verdes que se atoraban en los pasos bajo nivel y ni podían dar vuelta en las esquinas de Santiago. Que él mismo firmó los contratos que estaban mal hechos. Que la tarifa estaba mal calculada. Que la infraestructura de apoyo no estaba diseñada. Que la velocidad y el número de buses estaban horrendamente mal calculados. Que los recorridos estaban mal diseñados. Que el BancoEstado es el que encabeza el AFT —tema decidido bajo su mandato— y para qué seguir. ¿Alabado internacionalmente? Se pasó.

Y ahí aparece Cortázar, el gran redentor. Su currículo nada decía de transportes. Parece que sabía del mercado del trabajo, quizás de televisión, ciertamente de academia, o de bancos, pero obviamente no de transporte. Pero qué importa. A Bachelet le da más o menos lo mismo. El subsecretario de Previsión reconoció públicamente que no entendía nada del tema y que incluso se lo advirtió a la Presidenta. Pero vamos Chile. Hay que ganar las elecciones como sea, como reconoció el mismo subsecretario.

Lo peor de Cortázar es que se olvidó de que era economista. De hecho, quizás uno de los economistas top del país. Gran profesor, pero que se olvidó de lo que enseñaba. Se transformó en político, porque parece que ésa es una especie de conocimiento mágico que todo lo resuelve. Como buen político, partió ofreciendo un rápido arreglo del tema, en pocos meses. Incluso, ofreció renuncia si no lo lograba. Por cierto, ni lo logró ni tampoco renunció. Dijo que el déficit sería de 10 y fue 50, y tampoco le importó. Renegoció los contratos como el gatopardo: cambió todas las cosas para que todo quedara más o menos igual. El desastre de los transbordos, por ejemplo, sigue exactamente igual.

Al mejor estilo político, incluso trató de cambiarle el nombre a la guagua, como si eso alterara los genes. Dijo, increíblemente, que ahora éste era “otro sistema de transporte”. De no creerlo. Siguió chupando recursos como país en guerra. El Congreso le dijo que no, y simplemente pasó por el lado, al mejor estilo de los resquicios legales de antaño.

Para tapar lo que ahora ha sido declarado una calamidad pública, congeló erróneamente la tarifa, haciendo irreal el valor y escasez del servicio. El rezago tarifario es cada vez mayor, y será imposible corregirlo alguna vez. Eso mismo, obviamente, desordenó la equidad regional, por lo que ahora hay que subsidiar el transporte a nivel nacional, distorsionando aúmn más la cosa. Una mentira tapa a la otra, pero al final siempre se pilla.

El peor de todos los subsidios es normalmente a la oferta, algo que alguna vez lo supo como economista, pero se le olvidó. La oferta subsidiada beneficia por igual a ricos y pobres, así es que, de hecho, se está subsidiando a mucha gente que no lo necesita. El fisco chileno quedará sobrecargado para siempre. Argumenta, livianamente, que este subsidio tiene “enormes beneficios sociales”. Pero jamás ha entregado una sola cifra sobre la rentabilidad social de este increíble proyecto, que antes, con mejor servicio al público, costaba cero al erario. La pregunta correcta de un economista serio no es si da muchos beneficios, sino si éstos son superiores al uso de esos recursos en vivienda, seguridad, educación, salud, infraestructura, tercera edad, medio ambiente, energía limpia, etc. No tengo alguna duda de que si medimos la rentabilidad social de esos proyectos, el Transantiago llega coleando, sin contendor.

El ministro Cortázar simplemente ha fracasado, tanto como técnico que como político amateur. Perdió su prestigio de buen economista, porque ya sabemos que, dependiendo de las circunstancias, se olvida de lo que sabe y defiende lo indefendible. Como político, sigue siendo un buen economista, y como economista es ahora un mal político, padrino de una calamidad nacional.

Empresas estatales: Enigmático y cuestionable atractivo
Rafael Aldunate


Existen innumerables evidencias internacionales como nacionales que las empresas estatales comparadas a empresas análogas privadas quedan en una muy desmejorada posición tanto en gestión como calidad de sus productos y servicios como en el veredicto final del mercado, que representan sus utilidades.

Aun así, si uno realizara un plebiscito si privatizar o nacionalizar una determinada empresa, en amplias regiones del mundo, incluyendo a países altamente desarrollados, es altamente probable que los votantes se inclinarían por la estatización y, lo más paradójico, es que tal veredicto se puede dar pese a una mala gestión integral de esa hipotética empresa pública.

En Chile hay claras evidencias que la mayoría de las empresas públicas están deficientemente administradas, con casos bien extremos, y paradójicamente se ha alejado el impulso privatizador de la propia Concertación. Eso es prueba de un sesgado dogmatismo
Pareciera que los ciudadanos prefieren que la empresa pública sea etéreamente de todos a que tenga un dueño próspero y exitoso. Un estudio realizado en Inglaterra de las famosas privatizaciones de la administración Thatcher, publicado en The Economist (que se iniciaron posteriormente a las de la administración Pinochet), pese a su exitosa gestión, revelaba un importante grado de disconformidad, y no por sus precios o falta de probidad, sino que lo que más inducía a su cuestionable mala evaluación eran ¡los altos sueldos, bonos y stock options de sus altos ejecutivos!

Así es la naturaleza humana; en vez de valorar lo que le aportaba a sí mismo —buena relación de precio/calidad— y lo que incorporaba al país en dinamismo, inversiones, empleo y competitividad, prevalecía la sesgada sensación de enriquecimiento de unos pocos a costa de la empresa.

¿Cuáles son los factores más gravitantes que conspiran contra los buenos resultados económicos y sociales de las empresas públicas?

1. Al ser de todos, genérica o colectivamente se alejan del sentido de pertenencia y pasa ser de nadie en la práctica, más bien del administrador de turno (gobierno ocasional) y se transforma en patrimonio de sus trabajadores al pasar los años, y sin alternancia de gobierno se acentúa esta perversa condición.

2. En las empresas públicas, prevalece una dicotomía o visión “ híbrida”: quieren ser rentables y simultáneamente cumplir un rol social, y ahí se pierde el norte y comienzan las justificaciones… y la pérdida de una estrategia definida.

3. Como no son sociedades anónimas y menos abiertas tienen un deficiente gobierno corporativo con un deslavado directorio, con fines y mandos marcadamente dispersos (operadores) que influyen sobre sus normas de control afectando su transparencia y accountability.

4. Sumada a otras vulnerabilidades, como que los órganos supervisores son de una misma corriente política, pese a su naturaleza tecnocrática y que el gobierno absorbe sus utilidades por proyectos de cuestionable mayor rentabilidad social.

Todo este mix de circunstancias políticas y económicas entrelazadas afecta una y otra vez —efectivamente comprobado— la eficiencia de la empresa, que en definitiva es una forma solapada de expresarse la corrupción.

Por ello, hay que seguir avanzando en que estas empresas públicas se transformen en sociedades anónimas abiertas o frente a determinadas limitaciones, al menos en una estructura corporativa “espejo”, a una empresa privada, con todo el rigor en sus prácticas de información, de gestión, sumado al imprescindible celo y conciencia de una empresa que “exactamente” no es de quienes la administran…


El colegio no es suficiente
María Paz Lagos (*)

Aunque fundamental, pensar que el acceso a un buen colegio es garantía de éxito puede llevarnos a grandes frustraciones y a olvidar otros aspectos necesarios para desempeñarse en el mundo de hoy.

La llamada sociedad del conocimiento está demandando innovación, creatividad, emprendimiento y una fuerte dosis de inteligencia emocional. Así, la adquisición de habilidades cognitivas es importante, pero no suficiente. Todos conocemos ejemplos de “lumbreras” que después de salidos del colegio nunca llegaron a ninguna parte, y de “flojos” que, cuando empezaron a trabajar, encontraron su vocación. ¿Qué puede diferenciar a uno de otro? Tal vez esas mal llamadas habilidades blandas o no cognitivas, que tienen que ver con perseverancia, motivación y autoestima. En esto, la familia juega un rol clave. Investigaciones del Premio Nobel de Economía James Heckman nos dicen que las habilidades que se le imparten al niño por parte de los padres tienen un papel importante y que es un error pensar que la formación de capital humano debe limitarse a la escuela: familia y colegio son complementarios. Sin embargo, para que existan padres involucrados y para que la familia pueda ser formadora de capital humano, se necesita tiempo para compartir y eso no se da solo, sino que requiere de ciertas condiciones en el entorno social, laboral, institucional y también personal.

Entonces, ¿es Chile una sociedad que facilita los encuentros familiares?

Los datos nos dicen que no.

El 45% de las personas que trabajan lo hace más de 8 horas al día (Minsal, 2006), a lo que debemos agregar los costos de desplazamiento trabajo-casa: entre una y dos horas diarias en la Región Metropolitana. El diseño urbano, con déficit de áreas verdes, plazas y parques, hace que ciudades como Santiago resulten poco amigables para la recreación familiar y los momentos de encuentro entre padres e hijos sean de baja calidad, al pasar parte importante del tiempo juntos viendo televisión o adentro de un mall.

Hoy más que nunca el mundo laboral requiere de personas motivadas, flexibles, con capacidad de trabajar en equipo, todas cualidades específicamente humanas potenciadas en ambientes con vínculos incondicionales, como suele ser la familia.

Sólo a modo ejemplo, los departamentos de RR.HH. invierten año a año grandes sumas en capacitación en liderazgo y trabajo en equipo. La apuesta va en la dirección correcta, pero si las empresas y las políticas públicas estuvieran enfocadas en facilitar y reforzar la vida familiar, tendríamos un capital humano mejor preparado para enfrentar los desafíos del mundo de hoy.


(*)Directora Programa Políticas Públicas y Familia Facultad de Gobierno Universidad del Desarrollo.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Pero los goles los meten ellos...


Pero los goles los meten ellos...
Hermógenes Pérez de Arce

-Durante el partido, en la pantalla decía que habíamos tenido la pelota el 54 por ciento del tiempo, que los brasileños habían cedido más "corners" que nosotros y que habíamos tirado al arco más veces que ellos...

-O sea, nosotros hicimos el "jogo bonito", y ellos los goles.

-Claro. En fútbol nos va igual que a la derecha en política. Mira, ahora se cumplen 35 años del 11. Y en 1990 la izquierda heredó el país ordenado, "la joya más preciada de la corona latinoamericana" (Clinton, 1991), "Chile es un ejemplo", y todo eso, y ¿de qué nos sirvió el "jogo bonito"? De nada. Nos cubren de lodo, tienen preso a medio millar de militares (mientras han liberado a los terroristas y los han llenado de plata), y no hemos ganado una sola elección.

-Peor todavía, como siempre dice otro de los nuestros: ya ni siquiera tenemos candidato. Pues el de "centroderecha" que encabeza las encuestas viene de la Concertación, votó por el "no" en el plebiscito de 1988 y ha declarado que el gobierno militar fue el peor de la historia de Chile.

-Bueno, "la política es así", como diría un futbolista. La derecha es igual que la selección. Sin ir más lejos, en estos días me han hecho varias entrevistas, con motivo de mi último libro. Lo leíste, supongo, ¿o no?

-No.

-Bueno, nadie es perfecto. El caso es que casi todos mis en-trevistadores me dicen que la opinión pública la maneja la derecha, porque los principales diarios son de esa tendencia.

-Pero la televisión la manejan ellos...

-Buen punto. De acuerdo. E incluso en cuanto a los diarios, yo les explico que los propietarios y jefes pueden ser de derecha, pero no me pronuncio sobre eso, porque no podría probarlo en cada caso. Pero la mayoría de los periodistas es de izquierda, y éstos son los que escriben. Claro, hay artículos de fondo que explican las bondades del modelo de libertad económica y democracia política que legó el gobierno militar. Ése es el "jogo bonito". Pero en las secciones más masivas mandan ellos y nos meten todos los goles. Hablan de "la dictadura", de los "tiempos tenebrosos". Mira esta crítica de cine del sábado último, sobre la película chilena "Tony Manero", ambientada -dice- cuando se estrenó la original norteamericana "en el Chile sombrío y dictatorial de 1979". ¿Viste?

-Gol de media cancha...

-Por supuesto. Y además, no es verdad. En 1979 el país estaba tranquilo, De Castro anunciaba que la inflación iba a ser la centésima parte de la heredada el 73, la economía crecía más que ahora, y el terrorismo de extrema izquierda estaba en retirada...

-Y seguro que no había aliados de las FARC en La Moneda...

-Obvio. A propósito, ¿te has fijado que a la DC no le importa nada pactar por omisión con los aliados de las FARC en Chile, los comunistas? Pero me estás sacando del tema... El año 79 murieron en todo el país, por violencia política y represión, apenas 13 personas, y tres de ellas fueron uniformados, el teniente de Ejército Luis Carevic y los cabos de Carabineros Nicomedes Inostroza y Bruno Burdiles, mártires de la Patria ante cuya memoria me inclino en esta fecha. Pero la izquierda hace los goles y habla del Chile "sombrío y dictatorial" del 79.

-Y tampoco había guerrilla mapuche. Acuérdate de que nombraron "Gran Jefe" ("Ullmen F'ta Lonko") a don Pino...

-Por supuesto. Bueno, se viene otro 11. Goleados o derrotados, no hay ninguna razón para no volver a cantar: "Vuestros nombres, valientes soldados,/ nuestros pechos los llevan grabados,/ los sabrán nuestros hijos también". Es que siempre prefiero omitir esa línea "que habéis sido de Chile el sostén". La encuentro poco marcial.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Dos soberbios comentarios.

Septiembre
Gonzalo Vial.

La memoria colectiva es frágil. Así, todos vamos olvidando que en el siglo pasado, entre 1946 y 1970, septiembre fue el mes político por excelencia, el mes de las elecciones presidenciales… el 4, cada sexenio. Después, no volvería a serlo, y no lo es hoy.
Desde cierto punto de vista, el cambio de énfasis señalado es bueno. Podemos, en septiembre, pensar sólo sobre la patria —su pasado, actualidad y destino— y no sobre el candidato X ó Y o el “presidente electo” tal o cual.

Pero tampoco es bueno olvidar los septiembres del siglo XX, pues ellos desembocaron en el crucial 1973, éste en 1990, y 1990 en la realidad y problemas que vivimos.

1. Todas las elecciones presidenciales 1946/1970 tuvieron como fondo una crisis nacional, muy profunda, que se manifestó durante la primera presidencia del período, la de Gabriel González Videla (1946/1952). Los aspectos básicos de la crisis fueron los que siguen:

A) Se rompió, para no rehabilitarse más, la combinación de centroizquierda, cuyo eje imprescindible era el Partido Radical, y que había dado al país estabilidad política y progreso económico/social (con los lunares de cualquier creación humana) desde 1938. Esta combinación había sido de mayoría absoluta en votos, parlamentarios y fuerzas sociales.

Recordemos que la ruptura de la centroizquierda se debió a otra, definitiva: la que separó al Presidente González del Partido Comunista. De las máximas alturas de la amistad y del poder, lo arrojó a la proscripción absoluta de la Ley de Defensa de la Democracia, que duraría diez años (1948/1958). El partido respondió de manera revolucionaria y no tuvo éxito. El resto de la izquierda, muy mayoritariamente, solidarizó con los comunistas.

Nunca más habría una combinación política y de gobierno que pudiese edificar y mantener la mayoría que tuvo la centroizquierda del siglo anterior.

B) El sistema político había caído en un hondo desprestigio, asociado a la convicción pública —justa o injusta— de que los partidos, que manejaban en exclusividad ese sistema, hacían ineficaz la acción presidencial (paralizándola), y eran ellos mismos indisciplinados, “peguistas” y corruptos.

C) El régimen económico/social presentaba graves carencias en temas como crecimiento, desigualdad, pobreza, previsión, educación, salud, etc., que el sistema político no parecía capaz de resolver. Especialmente desgastadora de la confianza pública, era la presencia de una alta y pertinaz inflación.

2. Los comicios presidenciales que siguieron al de Gabriel González (1952, 1958, 1964, 1970) fueron sendos intentos de resolver la crisis, cada uno con su particular enfoque de ella y su respectiva “receta” para solucionarla. A saber:

A) La de Carlos Ibáñez del Campo (1952/1958) predicaba una vuelta al pasado: al recuerdo —teñido de nostalgia un tanto irreal— de la presidencia anterior del mismo Ibáñez (1927/1931), autoritaria, apartidista, realizadora, económicamente estable, y honesta y castigadora de la corrupción.

B) La de Jorge Alessandri (1958/1964), independiente de derecha y apoyado por ésta, sostenía (a lo menos de comienzo) que lo necesario en Chile era sólo una administración honesta y eficaz, y libre de demagogia, estilo gerencia de una empresa privada. Su crítica al partidismo político era tan acerba como la ibañista.

C) La de Eduardo Frei (1964/1970) y la Democracia Cristiana. Postulaba un capitalismo de reformas profundas, “estructurales”, cumplidas dentro del régimen democrático. La «Revolución en libertad».

D) La de Salvador Allende (1970/1973). Propiciaba un régimen socialista y marxista/leninista, pero al cual se llegaría —según el Mandatario— respetando el pluralismo ideológico/político, las libertades públicas y la institucionalidad burguesa. La «Vía chilena al socialismo».

Innecesario es recordar que este amplio abanico de soluciones para la crisis de los ’50 fracasó completa y estrepitosamente.

3. Elementos posteriores que cooperaron a la imposibilidad de solucionar la crisis de los ’50 fueron los que siguen:

A) Que las más poderosas fuerzas o combinaciones de fuerzas políticas del período jugaran al “todo o nada” —no admitieran modificaciones o transacciones en su programa—, no obstante carecer de la fuerza política, parlamentaria y social necesaria para imponerlo.

B) Que la izquierda en su totalidad, y desde mediados de los años ’60 la mayoría de la Democracia Cristiana, prohijasen sistemas económicos basados en formas de propiedad colectiva de los medios de producción.

C) Que la mayoría de la izquierda y de la Unidad Popular, a contar de los años ’60 y por influjo de la Revolución Cubana, se uniera en un desprecio y rechazo abiertos de la democracia “formal” o tradicional, para auspiciar una democracia “revolucionaria”, cuyo acceso al poder se hiciera mediante la fuerza y en una perspectiva de tiempo indefinida (descartando consecuentemente la eventual “alternancia” que decretasen las urnas).

Todo lo anterior polarizó y paralizó al país de un modo inimaginable para quienes no lo vivimos, y por tanto, inimaginable para todos los jóvenes de hoy. Hasta el extremo de no aceptar los partícipes civiles de la pugna, sino una solución de fuerza. Fuerza que, naturalmente, no ejercería a la postre ninguno de ellos, sino quienes de hecho la tenían. De allí el régimen militar (1973/1990).

Prescindiendo de analizar éste, es el hecho que en 1990 llegó a su fin, por decisión de las propias Fuerzas Armadas expresada diez años antes en la Carta de 1980. Y fue restaurada la democracia, con aproximadamente sus mismos partidos protagonistas de 1973: democratacristianos, derechistas, izquierda socialista y comunista, centroizquierda de diversas raíces, pero de tradición fundamentalmente radical (PRSD y PPD).Y nada más de mayor importancia.

Los chilenos y nuestra actual clase política, ¿qué hemos aprendido, conservado o cambiado de los 4 de septiembre del siglo precedente, de las euforias y desilusiones de la vuelta al ayer (Ibáñez), la “gerencia” de Jorge Alessandri, la Revolución en Libertad y la Vía Chilena al Socialismo? Veamos:

a) Nadie de ningún sector relevante piensa hoy en el colectivismo económico... socialismo centralizado tipo ex Unión Soviética, “gestión por los trabajadores” estilo yugoslavo, “comunitarismo”, etc. El esquema dominante es el de Chicago, que impuso el régimen militar, con pequeñas modificaciones (menores que las establecidas por ese mismo régimen después de la crisis de 1982).

b) Nadie de ningún sector relevante deja hoy de reconocer la positiva importancia REAL de la democracia FORMAL. Aun sus muy minoritarios y empedernidos admiradores chilenos saben que el geriátrico régimen político de Cuba “Revolucionaria” es un anacronismo. La “democracia protegida” de los militares fue desmantelada. Subsiste, sí, el sistema “binominal” en las elecciones, pero NINGUNO de sus enemigos teóricos propone (salvo a sabiendas de que no será escuchado) derogarlo y sustituirlo por el sistema proporcional vigente hasta el ’73.

c) Varios de los grandes problemas del siglo XX subsisten sólo “maquillados”, pero no resueltos... la misma “política” de entonces. Numéricamente, son tantos, si no más, los pobres extremos de hoy que los de 1970. Y la educación continúa siendo espantosa. Más escolares, pero peor instruidos y formados.

d) Nuevos problemas sociales nos agobian en forma creciente y ya de indiscutible alarma. Por ejemplo, el de la despoblación, incluso subrayado por un ex presidente que no hizo en su sexenio nada por frenar su ritmo... y sí mucho por acelerarlo. O el de la maternidad adolescente. O el de la caída a pique del número de matrimonios. Sin hablar de drogas, alcoholismo y delitos juveniles.

Todos estos problemas nuevos inciden sobre los antiguos, agravándolos. Así, está demostrado que los niños de parejas casadas, o por lo menos de padres biológicos estables, aprenden más que los otros. Y que las familias numerosas a mediano plazo escapan mejor de la pobreza. Hay estudios serios y recientes a estos respecto.

Ni el Estado ni la ley, por supuesto, pueden obligar a que la gente se case, ni a que los adolescentes sean castos. Pero pueden y deben proteger y estimular las conductas SOCIALMENTE PROVECHOSAS. Esta, en verdad, es su actividad más útil. Lo malo sería que los actuales conductores del país no considerasen las conductas indicadas (y creo que no las consideran, por desgracia) como socialmente provechosas, sino como neutras... entregadas a la “diversidad” y el “derecho a elegir”, fetiches del progresismo. Si así fuere, según ya ha sucedido en el caso de la despoblación, se acumularán y agudizarán estos nuevos problemas sociales. Y el sistema político, al no resolverlos a tiempo, no podrá hacerlo y entrará en crisis... igual que en los años ’50 del siglo XX.

Justicia constitucional y su papel en democracia
Ángela Vivanco.

La Constitución, como gran pacto social de las democracias contemporáneas, representa la construcción de principios y de grandes reglas comunes que son resultado de un proceso razonado y de un diálogo extenso con la sociedad civil, el cual el Estado hace vinculante para las personas, instituciones o grupos. No es, en consecuencia, la Carta Fundamental el escenario de las oscilaciones momentáneas de las mayorías ni tampoco de soluciones creadas para problemáticas puntuales, aun cuando ha de ser suficientemente permeable a la evolución social y al surgimiento de tendencias y desafíos.

En los países que han optado por darse una justicia constitucional especializada a través de tribunales constitucionales, como Chile, las características antes descritas se vierten hacia la acción de esos organismos, que han de interpretar una constitución imperada por ella misma y que pueden, en el mandato de proteger el orden público establecido por ésta, declarar la inconstitucionalidad de proyectos de ley, de decretos u otras normas, y declarar inaplicables las leyes emanadas del Congreso.

Tal poder —es útil recordarlo— no es autoconferido, sino otorgado por el propio ordenamiento jurídico, que establece, así, una instancia superior de control, correspondiente a un obvio correlato con la supremacía de la Carta sobre toda norma del derecho local. De hecho, Chile ha aumentado sistemáticamente las funciones del TC por reforma constitucional, siendo la de 2005 considerada por todos los sectores como un avance.

Sin embargo, y paradójicamente, la justicia constitucional suele estar sometida a grandes tensiones y críticas derivadas de su calidad de “órgano de cierre del ordenamiento jurídico interno… intérprete supremo y último de la Constitución” (Humberto Nogueira), lo cual se debe no sólo a la amplitud de sus potestades, sino a la posibilidad de inferir en la acción del órgano Ejecutivo y del Legislativo, elegidos popularmente. Tal situación innegable, que es propia de la naturaleza del organismo y que, en consecuencia, no puede ser evitada por éste, lo fuerza a pronunciarse en materias de frontera entre la política y el Derecho, lo cual puede generarle un cierto desequilibrio: evitar pronunciarse sobre el fondo —para mantener una excesiva “deferencia razonada”— o entrar derechamente a temas de otros poderes con sesgo de activismo judicial.

Ante ello se impone al TC la obligación de ser estricto, dejando de lado el temor de resolver sustantivamente el conflicto constitucional, como asimismo le demanda clarificar los efectos de sus sentencias (la extrapolación de sus argumentos, la solución de situaciones previas al fallo) y definir tendencias reconocibles en el tiempo, aun más allá de las reacciones tangenciales que sus fallos puedan suscitar, lo cual es esperable de los tribunales ordinarios y aún más de las cortes constitucionales.

En el caso chileno, convendría agregar como lógica contrapartida una muestra de interés de los poderes públicos en acelerar la dictación de la Ley Orgánica del Tribunal y un esfuerzo en calibrar las relaciones entre las instancias de control (Contraloría, tribunales, Congreso y justicia constitucional), ya que las competencias entregadas a esta última —que ha tenido que “hacerse cargo” de ciertas carencias institucionales o de los disensos sobre contenidos que debe aplicar— no pueden excusarla ni excusarnos del esfuerzo permanente por conectar con ciertas bases esenciales del tejido social que sirvan de apoyo y legitimen la acción del órgano creado precisamente para servirlas, como se ha evidenciado en el notable ejemplo del Tribunal Constitucional alemán.


Cada día la Constitución es interrogada por nuevos actores y confrontada por nuevas materias y casos, todo lo cual exige de la justicia constitucional el constante desafío de desentrañar el sentido y el alcance de la Ley Suprema, de modo de servir a la ciudadanía, pero bajo el prisma del Estado de Derecho y no de la oportunidad o de la complacencia. Una mayor comprensión de esta ardua y a veces ingrata tarea, por nuestra parte, y una fluida comunicación de los sentenciadores sobre sus posturas y argumentos posibilitarán, sin duda, un enriquecimiento de nuestro modelo constitucional y un progreso que será obra conjunta de la comunidad y los jueces.

Acount