
martes, 8 de septiembre de 2009
Un ejemplo claro.....

jueves, 3 de septiembre de 2009
Tres comentarios de lujo.....



miércoles, 2 de septiembre de 2009
Farándula generalizada, por Gonzalo Vial.

martes, 1 de septiembre de 2009
Dos muy buenos comentarios.....


sábado, 29 de agosto de 2009
Diez preguntas para la comisión de cancilleres que visita Honduras en nombre de la OEA.
viernes, 28 de agosto de 2009
Los mapuches, el iceberg y los camiones, por Leonidas Montes.

Aunque Chile tiene una gran deuda con la cultura mapuche, claramente hay grupos organizados que perjudican la noble causa de este pueblo. Hemos sido testigos de casas destruidas, infiltrados terroristas, predios atacados, escuelas incendiadas, fiscales baleados, tala ilegal de bosques, carreteras con tráfico interrumpido, etc. Existen atisbos de una crisis del Estado de Derecho en la Araucanía... ¡Si esta crisis incluso llegó hasta el Congreso! Se lanzaron papeles en el hemiciclo que, arrugados por un par de garabatos, volaron de vuelta. Tal es la magnitud del problema que se acaba de anunciar una nueva política indígena a cargo del ministro Viera-Gallo.
Desde la perspectiva de las políticas públicas hemos priorizado los subsidios y la restitución de tierras. En los últimos 20 años, el Estado ha entregado 650 mil hectáreas a los mapuches (para que se haga una idea, Tompkins tiene unas 500 mil hectáreas). Y se han invertido cuantiosos recursos a través de la Conadi. Estas políticas paternalistas no han dado resultados. Además, han derivado en claros incentivos perversos. Ya han aparecido denuncias de irregularidades en los subsidios y compras de predios. La política de compras —pagar para evitar conflictos— ha sido un buen incentivo para aumentar la violencia y los precios. Sin embargo, la ministra Carolina Tohá, entre compungida y sorprendida, nos mostraba un gráfico revelador. Como para no creerlo. Imagínese Ud. que los precios de las tierras en la Araucanía han subido un 300%. Todo esto sería responsabilidad del capitalismo y los viles especuladores.
La exhaustiva encuesta que realizó el CEP en 2006 muestra que los mapuches vinculan su cultura principalmente al lenguaje y al apellido. El Estado, en cambio, se ha enfocado principalmente en el tema de la propiedad de las tierras. Esta estrategia pone el foco en lo rural, donde hoy vive sólo un 30% de los mapuches. La mayoría —el 70%— está en las ciudades. Pese a todos los esfuerzos, la migración de mapuches a zonas urbanas aumenta año a año. Así como nuestros jóvenes dejan los colegios municipales para cambiarse a particulares subvencionados, muchos mapuches dejan las zonas rurales y parten a las ciudades. En ambos casos, y esto es muy humano, se buscan mejores oportunidades.
Un reciente estudio muestra que la Región de la Araucanía es la más rezagada en términos de PIB per cápita. También presenta la mayor desigualdad y los mayores índices de pobreza. La población mapuche posee bajos niveles de escolaridad, altas fluctuaciones en sus tasas de participación en el mercado del trabajo y un alto nivel de informalidad laboral. Y son los resultados más bajos del país en el Simce. Los 250 mil mapuches que viven en la IX Región son en general pequeños propietarios, pero la productividad de sus predios es muy baja.
Algunos piensan que la firma de convenio 169 con la OIT será la solución. Sin entrar a discutir su contenido, el sentido común nos exige preguntarnos por qué países tan conscientes de los asuntos étnicos, como son Nueva Zelandia, Australia y Canadá, no firmaron dicho convenio. El problema es muy profundo y no se soluciona traspasando más terrenos ni firmando convenios.
Pasa el tiempo y vemos cada vez más violencia y pocas posibilidades para el desarrollo social y económico del pueblo mapuche. El ministro Viera- Gallo, en el seminario “Derechos culturales” —organizado por la UAI—, realizó una excelente exposición del tema. Se preguntaba por qué Chile llevó un iceberg a Sevilla. Al lado, en cambio, Nueva Zelandia estaba representada por los maoríes. Y un destacado experto en el tema contaba que un dirigente indígena del norte le había preguntado “¿por qué cree usted que aquí no quemamos camiones?”. La respuesta fue contundente: “porque los camiones son nuestros”. Ambos tienen un punto.
martes, 25 de agosto de 2009
Araucanía: construcción de un conflicto, por Joaquín Fermandois.

La sociedad humana es y será siempre compleja, henchida de problemas y fracturas potenciales. Escogemos entre reparar sus grietas o profundizarlas. La fe en la revolución se revistió de esta última característica (el advertising a veces es lo mismo, más sigiloso). Si en un lugar determinado no están dadas las cosas para una revolución, hay que “crear las condiciones”. Se organiza un grupo abnegado, dispuesto a cualquier medida que atemorice. Impulsa la violencia razonada, nada de tonta muchas veces, cuyo propósito es ir provocando, para que aparezca más visible la violencia “represora”, hasta que el público se muestre más indignado con la “violencia institucionalizada”, y no con los que manejan los hilos que la originan. Una vieja historia. Esta fase puede durar mucho tiempo. Pol Pot (Khmer Rojo) y Abimael Guzmán (Sendero Luminoso) trabajaron por años con paciencia y rigor en crear las condiciones. El primero comenzó con lanzas de bambú, en un remoto rincón de la selva. Era parte de un proceso de “mentalización”, que tiene la mayor importancia operativa, para disciplinar el estado de ánimo de sus “luchadores” acerca de la justicia de su causa, lo correcto de los métodos y el valor de la estrategia de largo plazo. Ésta es la base de la guerra de guerrillas, en algunos textos perfumada como “conflicto de baja intensidad”, casi siempre sazonada con simple terrorismo.
Pues bien, esto es lo que en potencia tenemos en la Araucanía, con insospechadas proyecciones en el tiempo y en el espacio. Para colmo, como no es un tema puramente chileno, sino que parte de una atención global —y una moda—, que es la razón de por qué existe acá con la virulencia que contemplamos, nos la tendremos que haber con un conflicto internacional. Después de la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999, esto es de temer por sus consecuencias de largo plazo.
¿Se exagera el grado de militarización del conflicto? Hay un falso dilema entre soluciones políticas y de seguridad. El problema tiene al menos otros dos aspectos. Uno de ellos es político-cultural, o la incorporación subjetiva de los descendientes de indígenas, con sus propios rasgos, a la comunidad nacional, en su inmensa mayoría mestizos, como lo ha señalado Sergio Villalobos. Para ello debe surgir dentro del mundo de origen mapuche un liderato que supere el marco avaro de la reivindicación. El otro es el socio-económico, para lo cual se han dado suficientes razones acerca del tema de la pobreza. Entre otros cuellos de botella, al igual que con la reforma agraria, hay que entender que el puro reparto de tierra no sólo no soluciona nada, sino que agrava las cosas.
Los tres aspectos (seguridad, cultura y política, pobreza) no están relacionados por una cadena de causa-efecto, aunque ciertamente se potencian entre sí. Lo que le ha otorgado el rostro de “conflicto” es precisamente el carácter de “construcción” (como les place decir a los teóricos de las minorías) de un enfrentamiento, como “agudización de las contradicciones” en la tradición del leninismo.
Ello da fuerza a líderes que sólo prosperan en esa atmósfera, y moviliza a jóvenes ardorosos y sacrificados, lo que no le da nobleza ni sensatez a su causa —pero es lo que esta táctica hace creer—. Como se ha visto tantas veces, este camino no les trae ningún bien a los grupos concretos, en su vida cotidiana de hombres y de mujeres, aunque crea seudohéroes y lleva a una ruina económica segura a una región del país. Le acuna un conflicto interno y externo a Chile.
Sólo una creatividad política que no ha existido nos podría librar del atolladero al que al parecer nos encaminamos inexorablemente.