sábado, 30 de agosto de 2008

El mundo es uno, pero todavía ajeno


El mundo es uno, pero todavía ajeno
Margarita María Errázuriz


En estos días hablar sobre las Olimpíadas, sobre el espectáculo que fue su inauguración, sobre China misma, es un tema obligado. Para mí, el tema más potente es el de su cultura. Lo que he escuchado me ha quedado resonando, tengo grandes inquietudes y ganas de saber más. No sé si a los demás les ha pasado lo mismo.

Mi interés por reflexionar sobre este tema aumentó cuando escuché a varias personas coincidir en su impresión sobre la puesta en escena del día de la inauguración. Palabras como “pavor” y “espanto” fueron usadas por gente que, en mi opinión, no suele ser muy exagerada. Lo que les asustó fue la perfección alcanzada por un grupo tan grande de personas y lo que imaginaban necesario para lograrla: obediencia, disciplina, autoridad. Algunas de esas personas vieron en escena a un ejército en lugar de artistas. Lo que les generaba rechazo era imaginar cómo se sentirían si se encontraran siendo parte de esa actuación.

Tengo que confesar que, en lo personal, el espectáculo me pareció tan impresionante y de tanta belleza, que no fui capaz, en ese momento, de hacer una reflexión con más alcance.

Días después, leí en un diario que la bailarina que tenía que actuar en un momento cumbre de la ceremonia inicial se cayó en uno de los ensayos finales y quedó paralizada de por vida. Cuando se dio a conocer la noticia, se agregaba que ella dijo no lamentar lo ocurrido porque “caí por los Juegos”. Para nuestra cultura, la respuesta no puede ser más sorprendente.

La lectura de esta noticia en combinación con las opiniones anteriormente comentadas me dio mucho que pensar. El punto es a qué se debe esa capacidad de mover miles de personas al unísono, con la misma flexibilidad y precisión en cada uno de sus movimientos. Pensándolo bien, lo que uno teme son los métodos empleados para alcanzarlo. Pero, por sobre todo, en lo que a mí respecta, me apabulla pensar que se dispone de tiempo, recursos humanos e imaginación —todo junto— para mover masas humanas sin límites, e imaginar a actores entregados sin derecho ni a voz ni a voto, y a creativos con el mundo en sus manos.

Los Juegos Olímpicos nos han presentado a un gigante. El intercambio comercial con China nos es relativamente familiar, pero su cultura nos es desconocida; nos va a costar mucho sentirla cercana y sintonizar con ella. La historia de ese país es tan distinta, ha permanecido tan aislado y ajeno, que no sabemos descifrar sus códigos. Hemos visto un espíritu de cuerpo fascinante que no somos capaces y, a lo mejor, no queremos alcanzar. Nos maravilla, pero lo asociamos con menor individualidad, libertad y expresión personal, condiciones que valoramos. Tenemos la pretensión de creernos más felices con nuestra manera de ser.

El surgimiento de China como potencia mundial nos enfrenta a una experiencia nueva. En mi imaginación, ésta se asemeja a una ola que se encuentra en ese momento preciso en que el agua del mar, al replegarse, forma una nueva —en este caso, gigante como China—, la que está esperando su momento para reventar y avanzar sobre el mundo occidental. Así presumo que la cultura de China va a salir de sí. Las olas, al formarse, generan un minuto de silencio y tensión, luego caen. Dudo de que estemos preparados para nadar en sus aguas, cuya realidad profunda se nos escapa bajo una carta de presentación cuyo lenguaje no entendemos.

Llegado ese momento, una de las cosas que más me impresionan de esa ola es que, con seguridad, va a depositar sobre nuestra playa a muchos hombres que buscan pareja para casarse. No nos olvidemos de que en China hay cuarenta millones de hombres más que mujeres, más de dos veces nuestra población total. Cuando hace años visité ese país, no pude dejar de pensar que talvez una de mis nietas o bisnietas se casaría con un chino. Por eso, la cultura de este país me interesa y me inquieta. Es más, considero que conocerla es casi un asunto de sobrevivencia.

Acount